
Nadar
de noche

Juan Forn
Era demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y
a oscuras.
Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la
lluvia, y él se preguntó cómo podían
dormir en los cuartos de arriba su mujer y su hijita con ese murmullo
ensordecedor.
Tenía insomnio, estaba en pantalones cortos, sentado frente al ventanal
abierto que daba a la terraza y al
jardín. Las únicas luces prendidas eran los focos adentro de la pileta, pero la
luz ondulada por el agua no conseguía matar del todo la
sensación de estar en una casa ajena, el malestar indefinible con aquel simulacro
de vacaciones.
Porque, en realidad, no estaba ahí descansando sino trabajando. Aunque el trabajo no implicase ningún esfuerzo en particular, aunque no tuviese que hacer
nada, salvo vivir en esa casa con su mujer y su hija y disfrutar las posesiones de
su amigo Félix,
mientras éste y Ruth remontaban el Nilo y gastaban fortunas en rollos de fotos y guías egipcios sin
dientes, a cuenta de una revista de viajes italiana.
Para calmarse, para atraer el sueño, pensó que no iba a pisar Buenos Aires en todo el mes.
Viviría en pantalones cortos y sin afeitarse, cortaría el pasto, cuidaría la pileta, vería videos y escucharía música mientras su hija crecía delante de sus ojos y su mujer inventaba postres raros en la cocina. Y en todo ese tiempo quizá le dejaran
algún mensaje mínimamente estimulante, o al menos catastrófico, en el contestador automático de su departamento.
Mientras tanto, a lo mejor Félix y Ruth decidían prolongar su viaje un
mes más, o tenían un accidente, o se
enamoraban los dos de un mismo efebo andrógino y analfabeto en Alejandría. Un mes podía ser mucho tiempo en
algunos lugares; un mes podía ser casi una vida. Para su hijita, por ejemplo. Tenía que empezar
a vivir al ritmo de ella, como le había dicho su
mujer. Día por día, hora por hora, lentamente.
Tenía que asumir la paternidad de una vez, como dirían Félix y Ruth, si es
que no lo habían dicho.
Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos golpecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin paliativos sonoros. Él no miró
el reloj, ni se
sorprendió, ni pensó que
los golpes eran imaginación suya.
Simplemente se levantó, sin prender ninguna luz a su paso y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había
muerto. Y, en ese momento, supo
incongruentemente que ya se había hecho a la
idea de no verlo nunca más.
Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: “Papá, qué sorpresa”, pero no se movió
hasta que su padre preguntó sonriendo:
– ¿Se puede pasar?
-Sí, claro.
Por supuesto.
El padre cruzó el living a oscuras y el ventanal abierto y fue a sentarse en una de
las reposeras de la terraza. Desde allá miró hacia adentro, lo llamó con la mano y
tocó
la reposera vacía a su lado.
Él salió obedientemente a la terraza.
Dijo:
-Dame el impermeable, si querés ¿Te traigo algo para tomar?
El padre negó con la cabeza. Después se estiró todo lo que
pudo y respiró hondo sin perder la sonrisa.
-No, no así está bien. Va a llover en cualquier
momento-dijo-. Qué maravilla. ¿De día es así, también?
-Mejor. Para Marisa
y la beba, especialmente.
Marisa, y la beba.
Debés tener un montón de cosas para contarme, ¿no?
Él
sintió que se le aflojaba apenas la mandíbula. En los sueños en que volvía a verlo, su padre siempre estaba
al tanto de todo lo que les había pasado
a ellos en su ausencia.
-Sí, claro-dijo-. Supongo que sí.
-Por supuesto, no pretendo que me pongas al día con las noticias. Obviemos la política, el trabajo, el mundo en general, si es posible. Las cosas domésticas, me
interesan. Tus hermanas, vos, Marisa, la Beba. Esas cosas.
A él le sorprendió que mencionara la palabra domésticas. Y mucho más aún que
hubiese nombrado
a todos menos a su madre, pero no supo qué decir.
-Voy a servirme un whisky ¿Seguro
que no querés?
-No, no, gracias. A propósito, qué buena idea,
las luces adentro
de la pileta.
-No es mía-dijo él antes de entrar. La casa, quiero
decir.
Cuando volvió a aparecer, con un vaso bastante lleno, se frenó detrás de la
reposera de su padre y de golpe
sintió que todavía no se habían tocado.
-Yo creí-dijo, desde ese lugar-que vos veías todo lo que pasaba acá, desde donde
estabas.
La cabeza de su padre se
movió levemente a uno y otro lado,
varias veces.
-Lamentablemente no. Es bastante
distinto de lo que uno se imagina.
Él miró la pileta
y tuvo la sensación de que no controlaba lo que decía
ni lo que iba a decir.
-Si supieras la cantidad de cosas que hice en estos años para vos, pensando que
me estabas mirando. -Y se rió un poco, sin alegría pero sin amargura, para vaciarse los pulmones nomás.
-O sea que no sabés nada de estos cuatro años. Qué increíble.
El padre se reacomodó en la reposera y lo miró de costado.
-A lo mejor hay cambios, adonde
nos mandan ahora.
Si te sirve de consuelo. Él lo miró sin
entender.
-Hubo un traslado. Voy a estar en otra parte, a partir de ahora. No sólo yo, muchos
más. Las cosas allá no son tan ordenadas
como se supone. A veces pasan estos imprevistos. Digo, que esté ahora con vos.
– ¿Y por qué conmigo? ¿Por qué no fuiste a ver a mamá?
El padre miró un rato
la luz ondulante de la pileta. Su cara cambió muy levemente, hubo un ínfimo matiz de tristeza en su inexpresividad.
-Con
tu madre hubiera sido más difícil. Una noche no es tanto tiempo, y yo necesito
que me cuentes todo lo que puedas.
Con tu madre hablaríamos de otros temas. Del pasado, especialmente, de ella
y yo, de muchas cosas buenas que vivimos los dos juntos. Y eso hubiera sido injusto
de mi parte.
Hizo una pausa.
Hay
ciertas cosas que son técnicamente imposibles en mi estado actual: sentir, por ejemplo. ¿Entendés? En cierta medida,
lo que soy esta noche es algo que no tendría
ningún valor para tu madre. Con vos, en cambio, es más sencillo, para decirlo de alguna manera. Siempre te
ubicaste en una posición panorámica en cuanto a las emociones. Con tu madre, con tus hermanas, con vos mismo. En fin. Hizo otra pausa.
-También pensé que podrías arreglártelas mejor con los sentimientos
que te provocará esta visita. A fin de cuentas, yo nunca fui tan importante para vos, ¿no es
cierto?
Él
sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía. Una especie de sumisión y de necesidad de oponerse a esa sumisión.
Supo de pronto que en los últimos cuatro años no había sido esto que ahora era, nuevamente: hijo de su padre. Fue hasta
el borde de la pileta, se sacó los mocasines y se sentó con las piernas dentro
del agua.
-Si no hubieras sido tan importante para mí, entonces no habría hecho
las cosas que hice para vos, por vos, en
estos años. ¿No se te ocurrió pensar eso?
-No.
Él quedó perplejo. La respuesta
le había parecido tan rápida
y brutal que sonó sincera. Y justamente por eso inverosímil.
Cobarde. Casi injusta.
-Y ahora
qué sabés-atinó a decir.
-Nada-contestó el padre.
Después se levantó, llevó la reposera hasta el borde de la pileta y se sentó con las
manos en los
bolsillos.
-Supongo que no cambia nada. Lo que hiciste, ya lo hiciste. Y me parece que no
tiene
sentido que te enojes ahora, con vos o conmigo, por eso.
¿No?
No sólo era inútil, además empezaba a sentir que no le era lícito, frente a la condición de su padre, cuestionar nada, ni permitirse esa insólita belicosidad. La
necesidad de
oponerse se desvaneció y sólo quedó la sumisión, no ya dirigida a su padre sino a un estado de cosas, a una
abstracción obtusa e inabarcable.
-Es cierto-dijo-. Perdón.
Se quedaron
callados un rato, hasta que él dijo:
El padre soltó una risita.
-Ya me parecía.
Un relámpago rajó en dos el
fondo del cielo.
Cuando sonó el trueno el padre se encogió y su risita volvió a oírse.
-Ya casi no me acordaba
de estas cosas.
Es notable cómo funciona la memoria, lo que conserva
y lo que deja de
lado.
-Los grillos-dijo él-. ¿Los oís? No me dejaban dormir. Por eso estaba despierto
cuando llegaste.
Después de decir
estas palabras dudó ¿Los grillos? Pero lo pensó mejor
y prefirió quedarse con la duda.
-Bueno-dijo el padre con voz muy suave.
A lo nuestro.
– ¿Puedo preguntarte algo, antes?
La reposera crujió. Él hizo un esfuerzo para mantenerle la mirada a su padre.
-Como quieras. Pero ya sabes cómo es eso: una vez que te enteras, difícil que
puedas borrártelo de la cabeza. No es una
amenaza. Lo digo por vos, simplemente.
-Sí, ya sé-dijo
él. Y preguntó, con voz insegura: – ¿Todos
van al mismo lugar?
¿No importa
lo que haya hecho cada uno?
-Eso
es algo que podría haberte contestado desde los veinte años, más o menos. Siempre sospeché que importaba más en vida
que después. En cuanto a la otra pregunta,
no es exactamente un lugar, adonde van. Pero sí: todos van al mismo, en la medida en que todos somos
relativamente iguales. El modo de vida de tu
vecino y el tuyo, por ejemplo, se diferencian tanto como tu estatura y
la de él. Son matices, y los matices
no cuentan. Digamos que hay, básicamente, sólo dos estados: el tuyo y el mío. Es bastante más complejo, pero no lo entenderías ahora.
-Entonces vos y yo vamos a encontrarnos de nuevo, en algún momento-dijo él.
El padre
no contestó.
– ¿Importa algo estar juntos, allá?
El padre no
contestó.
– ¿Y cómo es? -Dijo él.
El
padre desvío los ojos y miró la pileta. -Como nadar de noche-dijo. Y las ondulaciones de la luz se reflejaron en su cara. -Como nadar de noche,
en una pileta inmensa, sin
cansarse.
Él tomo de un trago el whisky que le quedaba en el vaso y esperó a que llegase al
estómago.
Después tiró los hielos en la pileta y apoyó
el vaso vacío en el borde.
–
¿Algo más?
-Dijo el padre.
Él negó con la cabeza. Movió un poco las piernas en el agua y miró la base de la reposera, el impermeable, la cara blandamente atemporal de su padre. Pensó en
lo reticentes que habían sido siempre en todo contacto corporal y le
parecieron increíblemente ingenuos y
artificiales aquellos abrazos en los sueños en que aparecía su padre.
Esto era la realidad: todo seguía tal como había sido
siempre, y recomenzaba casi en el
mismo punto en que quedara interrumpido cuatro años antes. Aunque sólo fuese por
una noche.
-Por dónde querés que empiece-dijo.
-Por donde quieras. No te preocupes por el tiempo: tenemos toda la noche. Hasta
que termines no va a amanecer.
Él respiró hondo, largó el aire y supo que había entrado en la noche más larga y
secreta
de su vida. Empezó, por supuesto, hablando de
su hija.
Juan Forn

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