ALGUNOS
DE LOS CUENTOS LEÍDOS Y COMENTADOS DURANTE EL AÑO 2022
Perfume
La
campanilla del despertador amagó sonar. Su mano cercenó el sonido con un gesto
contundente. Se levantó callada. Eligió la ropa. Una de sus hijas hablaba en
sueños. Bebió unos sorbos de té en la cocina. Miró la madrugada a través de la
ventana. Escuchó la respiración acompasada de su esposo que dormía en la
habitación conyugal.
Caminó por las calles desiertas del invierno. En la
Terminal de Ómnibus dos perros callejeros dormían junto al tacho de basuras.
Cinco policías, tres maestras y un par de obreros formaban fila en la
plataforma 5. Subió al colectivo con el boleto en la mano. Ocupó su asiento. El
coche quedó en silencio y casi en penumbras al llegar a la ruta. Pronto se
escucharon los ronquidos y algunos murmullos que se fueron adormeciendo. Cerró
los ojos y recordó. Su exilio comenzó aquella noche en que olió el pecho de su
hombre y ese perfume barato y estridente le abofeteó el rostro. No dijo nada,
pero deshizo el abrazo, desanudó las piernas, abolió la pasión de un tajo.
Cruzó el pasillo y se acostó junto a su hija menor.
Habían pasado tres meses y algunos días desde esa
noche. Ella esperó, cada día, alguna palabra de Pablo, un intento de
explicación, un gesto o un ramo de rosas. Pero fue en vano. Él se esfumó de la
casa. Casi no compartía la mesa familiar. Casi no hablaba. Sólo regresaba a
dormir por las noches. Ella fue deslizándose en el mutismo. Un lunes decidió no
concurrir más al consultorio. Vagaba por todos los rincones de la casa como una
sonámbula. Hablaba con el perro que le lamía las piernas en el patio. El
camisón se convirtió en su atuendo cotidiano. Buscaba denodadamente, en los
pliegues de la memoria, el origen de aquel perfume. Estaba convencida de
conocerlo desde antes de aquella noche.
La casa no se derrumbó gracias a Inés, la empleada
doméstica. Ella alimentaba a las niñas, les inventaba juegos, las llevaba de la
mano a la escuela. Cumplía con todos los deberes de una madre. Miró por la
ventanilla del colectivo. El sol inauguraba la mañana. El chofer encendió las
luces y los pasajeros se desperezaron. El ingreso a la ciudad fue más lento que
de costumbre. Cruzaron el puente y entraron al centro. Ella descendió en la
última parada. Una ráfaga de viento frío la obligó a cerrar las solapas del
tapado de paño. Decidida, cruzó la calle y se metió en el edificio. Lo conocía
de sobra. Allí había vivido en sus épocas de estudiante. Abrió la puerta tijera
del ascensor y marcó el último piso, la terraza. Salió y el viento la golpeó.
Cabellos alborotados, ojos vidriosos, piel entumecida. Trepó a la baranda. Miró
el curso del río anémico, los autos, la ciudad que se ponía en movimiento.
Observó la vereda y se lanzó al vacío. Su mano apretaba en el bolsillo, el
frasco de perfume de Inés.
Daniel Tomás Quintana (Deán Funes, Córdoba)
Este cuento ganó
el Primer premio en el Concurso de Cuentos de la Asociación Gremial del Poder
Judicial de la Provincia de Córdoba, 2021
Serpiente blanca
En el sueño debe simbolizar un incendio, según lo
que
cuenta. Por eso no nos animamos a salir. Pensá, -le digo- que una serpiente blanca,
por más grande, fea e inteligente que fuera, aun con los recursos oníricos que quieras, no puede impedirnos
salir de la habitación. Pero ella decía
que no, que era una masa húmeda
y perfectamente circular, y larga, bien larga, que se metía en cualquier lado de la casa
y aguardaba, como saben hacer los reptiles, o cualquiera que desee vengarse.
Me dice que hasta puede
meterse en el botiquín, haciéndose una muralla de escamas, o estar ladeada sobre la bañera, o hasta adentro del
tacho de basura esperando que la veamos para atacar, porque no pica; en el sueño no era una serpiente de esas: quería
que la viéramos para ella poder sentir la adrenalina de saber que comprenderíamos que nos
ahorcaría; de ahí que se les dice constrictoras.
Se calma con mis explicaciones,
con mis caricias pero eso no quita que en el sueño la serpiente se vuelva cada
vez más grande, más blanca, amarilla
de tanto tiempo soñándola. Ocupar espacio y esconderse son atributos de centinelas arrogantes -le digo- y
seguramente la serpiente blanca es el temor a un incendio por la plancha
olvidada, una hornalla mal apagada en la cocina, o por tanta noticia con
fuego accidental que acaba con familias,
en la mayor parte de los casos sin calefacción, que usan velas de mala
calidad.
Le digo que trate de
buscarla y de matarla en el sueño;
que ella, la serpiente blanca no tiene pies ni
manos y por eso no puede tener ventajas con nosotros. Aunque, nobleza
obliga, de tanto mencionarla se me
apareció en sueños; pude ver su cola y su cabeza atrás del espejo. Un espejo
que, me di cuenta después, tenía la
forma de la lengua bífida de estos bichos.
Esa noche en la cena le dije que se tranquilizara, que la acompañaba con el
sueño de la serpiente blanca, que ya la estaba soñando,
pero fue ella quien me tranquilizó:
-Apareciste desde el suelo
y la encontraste enseguida.
Me explicó que se me caía
la baba por los costados de la boca, que la encontraba en el baño y la cor taba en pedazos. Trozos grandes e
iguales, a machetazo limpio. Ocupaba la mitad del baño la serpiente. Y no dejaba una gota de sangre. No
apareció más en mis sueños.
Para festejar
la disipación de la pesadilla
compartida, salimos. Antes de que arrancara el taxi,advertí que no llevábamos plata;
le pedí que me esperara, que buscaba y volvía. Cuando retorné me
dijo que al final
sí tenía, pero que sin darse cuenta
la había sacado y se la había dado al taxista
antes de hacer
el viaje. Que en los sueños pasa así.
Agradecí al conductor por esperarme; entonces
le abrí
a ella las palmas de las manos y le mostré. “Mirá,
le dije, qué chiquita”. La serpiente blanca
atravesaba las líneas de mis
manos, se perdía entre los inicios de
los dedos y retornaba al centro, envolviéndose, festejando su nacimiento. “La
encontré”, agregué, mientras el
conductor encendía un cigarrillo grueso y
blanco, esperando nuestras indicaciones, con un encendedor cuyo fuego parecía el de una hoguera.
Cuento
perteneciente al libro “Las leyes de la
ausencia”.
Nicolás
Jozami (Córdoba)

*
Huellas
Está lejos
de la parte más concurrida de la playa y, como de costumbre, mientras camina
mira las huellas de los bañistas en la arena. Le gustan los sitios apartados,
donde las huellas son escasas y puede observarlas mejor. Mira el rastro de una
madre y de su niño, que va en sentido contrario al suyo. Son pisadas de dos o
tres horas atrás. Piensa que una mujer no se habría aventurado sola cargando a
su niño hasta ese punto de la playa, así que también debió de acompañarlos el
padre, cuyas huellas han desaparecido porque seguramente caminaba más cerca de
la orilla y el agua las ha borrado. Las del pequeño, que aparecen y desaparecen
a intervalos regulares, indican que su madre lo cargaba, lo bajaba durante un
rato y volvía a cargarlo. Donde sus huellas están ausentes, las de la madre se
ven más delineadas por el mayor peso que sus pies soportaban en ese momento y
su arco dactilar se observa dilatado a causa del movimiento instintivo para
proporcionar al cuerpo una mejor base de equilibrio. Él nunca se cansa de ver
las alteraciones que tienen lugar en la anatomía del pie de una madre cuando
ésta carga a su crío; incluso ha observado que la dilatación del arco dactilar
se da espontáneamente en muchas mujeres con sólo mirar a un bebe.
La arena
se ha enfriado y eso lo pone nervioso. Le gustaría alcanzar el extremo de la
bahía, pero piensa que debe regresar, pues dentro de poco se hará de noche.
Está a punto de darse media vuelta para volver cuando se fija en otras huellas,
un rastro que avanza hacia el final de la playa, formado por las pisadas de dos
hombres y una mujer que caminan juntos. La mujer va en medio, probablemente
cogida del brazo de los dos hombres, porque los tres pares de huellas están muy
próximos entre sí. Él mira a lo lejos para ver si alcanza a ver a los tres
individuos y, en efecto, distingue tres puntos aparentemente inmóviles y se
pregunta por qué se habrán alejado tanto. A la distancia en que se encuentran
no puede saber si están de regreso, pero supone que sí, porque va a anochecer
dentro de poco.
Advierte
en las pisadas de los dos hombres y la mujer una leve contracción de los dedos,
que conoce bien. Sabe que suele ser fruto de alguna tensión o malestar. Es como
si temieran cortarse con algo puntiagudo, un clavo o un trozo de vidrio. Pero
hay algo más en sus huellas que lo desconcierta. Es un rastro demasiado
regular, desprovisto de esas ondulaciones que suelen tener las pisadas de
quienes caminan en la orilla del mar. Al contrario de la mayoría de los
bañistas, que se retiran de un salto cada vez que una ola particularmente
fuerte los alcanza, los dos hombres y la mujer parecen haber hallado la línea
que transcurre más cerca del agua sin ser afectada por las olas, como si
tuvieran el poder de predecir con exactitud el alcance de la marea sobre la
arena, lo que hace que su rastro sea extrañamente parejo. Nunca había visto un
rastro tan en consonancia con el oleaje. Vuelve a preguntarse si no estarán de
regreso. Si estuviera seguro de que vienen de regreso se sentaría a esperarlos,
para verlos de cerca.
Piensa que
debe volver al hotel, pero esas huellas lo intrigan. El hombre de la derecha es
el de más edad, porque en sus pisadas se nota una mayor proximidad de los dedos
al metatarso, y observa que al lado de sus huellas se ven las marcas de algo
puntiagudo, quizás un palo o un bastón, aunque el hombre no parece tan viejo
como para necesitar un bastón. El de la izquierda es el más joven, pero no
tanto como para no ser el esposo de la mujer. Sin embargo, él cree que el marido
de la mujer es el otro, el más viejo, porque ella invade constantemente su
línea de pisadas, como si lo empujara o se recargara en él, lo que indica un
grado de confianza que la mujer no tiene con el hombre más joven, cuyas huellas
nunca llegan a morder las suyas. De hecho, las pisadas de este último se
encuentran ligeramente rezagadas con respecto a las de sus acompañantes.
Parecería que la mujer, tomándolo del brazo, lo estuviera jalando para que se
emparejara con ella y con el hombre mayor, sin conseguirlo completamente, ya
que el joven se resiste, lo que se advierte por su manera de pisar con el lado
EXTERNO del pie, que es como se camina cuando no se quiere hacer ruido o se
está nervioso. Es, pues, como si hubiera entre la mujer y el hombre más joven
una pugna sorda. Piensa que la mujer no lo tomaría del brazo si no fuera amigo
de ella y del otro hombre. Así, es alguien cercano a los dos, pero más cercano
a la mujer, a juzgar por aquel forcejeo sutil, como si entre él y la mujer
existiera algún entendimiento del cual se halla excluido el hombre más viejo...
Se
pregunta si no lo adivinó desde el principio; si no fue esto lo que percibió
oscuramente desde que se fijó en el rastro de los tres. Imagina al hombre más
joven, renuente a esa caminata en compañía de su amante y del marido de esta, y
a la mujer que toma a su joven amante del brazo para darle ánimo o, quizá, para
tenerlo bajo control. Tal vez, incluso, lo sujeta de ese modo para que no
desfallezca ante lo que han planeado hacer en esta hora extrema en que no hay
nadie en la playa.
Se ha
detenido, horrorizado por esta idea. La playa luce completamente vacía en la
luz moribunda del ocaso. Sabe que debe volver. Han pasado más de diez minutos
desde que descubrió aquel rastro y los tres siguen siendo unos puntos casi
invisibles en la distancia. Comprende que no vienen de regreso, sino que
avanzan hacia el extremo de la bahía, donde la playa se adelgaza y termina en
un roquedal que divide el mar abierto de las aguas relativamente tranquilas de
la ensenada. Un sitio inhóspito, donde la corriente encajonada entre los riscos
forma rápidos remolinos. En veinte minutos más, con la celeridad de los
atardeceres del trópico, las tinieblas se tragarán la playa, lo que hace más
inexplicable que los tres sigan caminando en dirección al roquerío de la punta.
Ha visto
en su vida decenas de miles de pies. No hay nada probablemente que conozca
mejor que los pies. Las pisadas le indican no sólo las características físicas
de un individuo, sino su personalidad, incluso su estado de ánimo, o eso cree
él. ¿Para qué le sirve todo eso? Para nada. Hasta es posible que lo haya
perjudicado, alejándolo de sus semejantes. Porque no es tan tonto como para
ignorar que la información que proporcionan las huellas de unos pies no dice
nada verdaderamente decisivo acerca de su dueño. A lo mejor, en el fondo, busca
liberarse de esa obsesión, forzando sus dotes inductivas para que algún día la
realidad lo desmienta rotundamente y, así, lo cure. Pero por primera vez su
vicio detectivesco le parece providencial. Se ha olvidado del hotel y camina
sin despegar los ojos de aquel rastro, buscando algún indicio de violencia
ejercida sobre el hombre de más edad. Se concentra en las marcas del bastón,
las observa minuciosamente y advierte que son más tenues que las que dejaría un
bastón de viejo, como si el hombre no lo usara para apoyarse, sino para trazar
señales en la arena, y se pregunta si el tipo, al verlo a él en la lejanía
después de voltear en algún momento, consciente del peligro que corre, no le
estará mandando con el bastón un mensaje de socorro. Las señales, en efecto,
parecen sucederse en una alternancia regular de rasgos largos y rasgos breves.
Luego, la súbita revelación lo obliga a pararse y a observar de nuevo los tres
puntos a lo lejos. ¿Cómo no lo comprendió en seguida? Todo, en un instante,
encaja en su sitio. La ansiedad que muestran esas pisadas, que él interpretó
erróneamente como un forcejeo cómplice entre la mujer y el hombre más joven; la
extraña capacidad de los tres de predecir el alcance del oleaje; la nerviosa
intermitencia del bastón del hombre de más edad; todo, de golpe, le parece de
una claridad casi obvia, al comprender que las marcas intermitentes son de un
bastón de ciego. Los tres, cogidos del brazo, caminan hacia el lado equivocado
de la playa porque no pueden ver, y él, a un par de kilómetros de distancia, es
el único que se ha percatado de su error. Empieza a correr y conforme cobra
conciencia de que tiene que darse prisa antes de que la marea nocturna alcance
a los dos hombres y a la mujer entre las rocas de la punta, aumenta el ritmo
hasta encontrar una cadencia sostenida, demasiado sostenida para sus escasas
aptitudes de corredor. Piensa que lo que aprendió en toda una vida de extirpar
callos y juanetes, de aplicar pomadas y extraer uñas enterradas, de lijar
talones y atacar los hongos bajo los dedos de los pies, se justifica por esta
única carrera para alcanzar a los tres individuos que caminan en la dirección
equivocada. Sigue corriendo, la vista fija en los tres puntos delante de él,
reprochándose su escasa condición atlética; y diez minutos después se le acaba
el aire y tiene que pararse. Mira el primer mar nocturno, su extensión acerada
y fría que da miedo, mientras pone sus manos sobre las rodillas para facilitar
en esa posición el paso del aire a los pulmones. Cuando se ha recuperado,
reanuda la carrera a un ritmo más bajo. Le parece extraño que no haya acortado
la distancia que lo separa de ellos, cuyas siluetas no se han agrandado en lo
más mínimo, y sigue corriendo durante otros cinco minutos, luego vuelve a
pararse, desalentado al ver que los tres puntos, ahora casi borrados por las
tinieblas, parecen estar a la misma distancia de antes. Baja la vista,
fijándose otra vez en las huellas, y entiende por qué no puede alcanzarlos.
Ellos también han empezado a correr.
Fabio Morabito (México)
*
La Rosa de Paracelso
En su taller que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso
pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un
discípulo.
Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares.
Levantarse para encender la lampara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso,
distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los
polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre,
soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de
las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le
indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una
palabra. El maestro fue el primero que habló:
- Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente - dijo no sin cierta pompa.
No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí?
- Mi nombre es lo de menos - replicó el otro -. Tres días y tres noches he
caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis
haberes. Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de
oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para
encender la lampara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda
sostenía una rosa. La rosa lo inquietó. Se recostó, juntó la punta de los dedos
y dijo:
- Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y
me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca
mi discípulo.
- El oro no me importa - respondió el otro. - Estas monedas no son más que una
parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer
el camino que conduce a la Piedra. Paracelso dijo con lentitud:
- El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes
estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.
El otro miró con recelo. Dijo con voz distinta:
- Pero.. ¿hay una meta? Paracelso se rió.
- Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos dicen que no, y me
llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso.
Sé que "hay" un Camino. Hubo un silencio, y dijo el otro:
- Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame
cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la Tierra Prometida,
aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el
camino.
- ¿Cuándo?- preguntó con inquietud Paracelso.
- Ahora mismo - contestó con brusca decisión el discípulo. Habían empezado
hablando en latín; ahora, en alemán. El muchacho elevó en el aire la rosa.
- Es fama - dijo - que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza,
por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré
después mi vida entera.
- Eres muy crédulo - dijo el maestro -. No he menester de la credulidad; exijo
la fe. El otro insistió.
- Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y
la resurrección de la Rosa. Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con
ella.
- Eres crédulo - dijo -. ¿Dices que soy capaz de destruirla?
- Nadie es incapaz de destruirla - dijo el discípulo.
- Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la
nada?, ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola
flor o una brizna de hierba?
- No estamos en el Paraíso - habló tercamente el muchacho; - aquí, bajo la
luna, todo es mortal. Paracelso se había puesto de pie e inquirió:
- ¿En qué otro sitio estamos?, ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que
no sea el Paraíso?, ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en
el Paraíso?
- Una rosa puede quemarse - desafió el discípulo.
- Aún queda el fuego en la chimenea. Si arrojamos esta rosa a las brasas,
creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la
rosa es eterna y que solo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra
para que la vieras de nuevo.
- ¿Una palabra? - dijo con extrañeza el discípulo -. El atanor está apagado y
están llenos de polvos los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?
Paracelso lo miró con tristeza.
- El atanor está apagado - repitió - y están llenos de polvo los alambiques. En
este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.
- No me atrevo a preguntar cuáles son - dijo el otro con astucia o con humildad.
- Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el
invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de
la Palabra que nos enseña la ciencia de la Kabalah. El discípulo dijo con
frialdad:
- Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me
importa que operes con alquitaras o con el Verbo. Paracelso reflexionó. Al
cabo, dijo:
- Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia
de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa. El
joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:
- Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un
prodigio?, ¿Qué has hecho para merecer semejante don? El otro replicó,
tembloroso:
- Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que
estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te
pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos. Tomó con brusquedad la
rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las
llamas. El color se perdió y solo quedó un poco de ceniza. Durante un instante
infinito esperó las palabras y el milagro. Paracelso no se había inmutado. Dijo
con curiosa llaneza:
- Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un
embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que
no lo será. El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero
visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a
confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas. Se arrodilló, y le dijo:
- He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los
creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré
tu discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba con genuina pasión, pero esa
pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan
agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach,
para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?
Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo
acompaño hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería
bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse. Paracelso se quedó solo.
Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue
puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. Y la rosa
resurgió.
"La rosa de Paracelso", en Obras Completas, editorial Emecé, Buenos
Aires, pp. 89-92.
