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viernes, 28 de abril de 2023

LAS MÉDICAS DEL ESPACIO: ¿SUPERSTICIÓN?


Este relato de nuestro compañero Antonio Modesto Alvarez, de Río Cuarto, será leído y comentado en la próxima reunión del grupo Lecturas compartidas de la Agepj, el día Miércoles 3 de Mayo de 2023, a las 10 hs. 

*


LAS MÉDICAS DEL ESPACIO: ¿SUPERSTICIÓN?

―Buen día. Vengo a que me curen.

―Buenas, don. ¿Cuál es su enfermedad? ―preguntó una de las médicas del espacio―.  Me sentía cohibido. Después de viajar cien kilómetros, no pude explicar cuál era mí malestar.

Conocía la ubicación del Cerro de la Teta y  la chacra enclavada en su falda por haber transitado ese camino cientos de veces. De niño junto a mis padres; adolescente, con mis amigos; adulto, de veraneo con mi familia. Ahora estaba allí buscando tal vez un milagro, un prodigio o algo sobrenatural.

El monte era tupido y gris, lo imaginaba sin vida.  Sin embargo la gente mentaba su espiritualidad, su poder de sanación, su hechizo y misterio. Hablaban de aparecidos, de la luz mala y del chupacabras despanzurrando hacienda. Con el tiempo conocí otras historias: luces que bajan del cielo, hombrecillos a la vera del camino irradiando destellos, vacas mutiladas, estruendo en los socavones.

―Venga, don. No se quede ahí,  parado se va a asolear. Venga a matear con nosotras ―dijo la de pelo blanco mientras acunaba un mate de plata en sus manos antiguas. Profundas estrías surcaban su escuálido rostro. La infusión me  atraía desde su humildad  pero no atiné a recibirlo, hacía años no tomaba, me provocaban náuseas.

―Tómelo, don, con confianza. No le van a hacer mal ―insistió con su cara de pájaro―.  Me miró a los ojos y sentí deseos de saborearlo. Con el primer sorbo experimenté una tranquilidad por mucho tiempo anhelada. El brebaje, mezcla de yerba impregnada con yuyos serranos, nos tendió un puente de confianza. La de tez morena, petisa, pelo azabache y cortito, me sonreía.

―Venga, entre. Si quiere puede contarnos a nosotras. Si no, espérelo a él, no sabemos cuánto  va a tardar. Desde anoche está en la cueva. Nosotras vamos después, no podemos movernos de acá.

Me retrotraje a mi niñez cuando con papá viajábamos a la zona rural los domingos a la mañana. Visitábamos la chacra de sus clientes y entre el silencio del campo, el sosiego de los perros y la conversación sobre los rindes de la cosecha, se generaba una estimulante charla mate de por medio.

―¿Ha venido solo? Ahora, con la ruta nueva se hace más fácil viajar ―dijo la de tez pálida.

―Si, pero no me gusta viajar. Tengo... ―Vacilé.

―Miedo ―una de ellas apuró mi respuesta― ¿A qué le tiene miedo?

―No sé a qué le tengo miedo. Sé que lo tengo.

―Bueno, por lo menos sabe. Hay quienes ni saben que lo tienen ¿Y dígame, tuvo miedo al venir? ―preguntó la  de pelo corto.

―Si, mucho.

―¿Cómo hizo? ¿Trajo el miedo o lo dejó? ¿Ah, no sabe? ―Y me sorprendió con otro interrogante, ―¿Cuál sería la diferencia de viajar con miedo o sin él? ―Perplejo, no respondí. 

Desprolijamente vestidas, de tonada serrana y toscos modales, las veía rústicas e ignorantes. El estereotipo de mi formación universitaria me impedía considerarlas médicas pero, crédulo, las consultaba como si lo fueran. Para que me curaran con una cinta, un vaso con agua, un amuleto o una estampita. A través de un ritual, un examen mental o físico, un análisis de mis heces o en la observación de mi iris. Con un tratamiento a base de hierbas serranas, con la ingesta de jugos concentrados o sometiéndome a  laceraciones con cuchillos al rojo vivo. Que me trataran con energía sanadora. Y hasta fantaseaba con pasar una noche al sereno donde me visitarían extraterrestres para iluminarme.

―¡No piense esas cosas! ―dijo la más delgada―, no tienen sentido. Lo que se piensa no existe, por eso se siente frustrado. Lo único que logra es alimentar el miedo para justificar su padecer. Ni el pasado ni el futuro existen; sólo existe el presente, la pasión del presente.

Escuchaba pájaros del monte, veía  aves domésticos picotear raíces; un par de vacas blancas rumiaban en torno a la huerta; el jardín florecido contrastaba con la paja del rancho y por entre el encalado de las paredes las vinchucas asomaban sus antenitas; los sauces acariciaban la acequia y la añosa pirca se mostraba desde otros siglos.

―¿Le gusta el lugar, don?  ―dijo la morena―, acá siempre es así, en invierno y en verano, en otoño y primavera. Ni se le ocurra preguntar quién nos  ofrenda esto, pero le digo, son ellos.  Nosotras,  junto con nuestro hermano, ya estamos acostumbradas. Hace diez años hubiera visto todo igualito que ahora. Y si vuelve dentro de diez, va a encontrar lo mismo. ―La otra sorbía de la bombilla y su rostro se extasiaba. ―La gente nos trae ropa y comida, pero créame, no nos hacen falta. Ellos nos brindan todo.

Las dos me miraban como La Gioconda desde su retrato. Eran un bálsamo. Quedé hechizado, sin discernimiento. Perdí la noción de mi existencia y la sensación de enfermedad; perdí  la conciencia de mis actos y de mi materialidad; perdí el juicio sobre el amor y el odio.

―Ha cambiado la cara, don ―No era de ellas la voz que percibí pero intuí  sabiduría en el sortilegio―. Se le ha ido el miedo ―escuché―. Cuando llegó, usted no estaba en este mundo; haber venido lo ha transfigurado ―y la voz enfatizó―: Usted no sabía a qué venía, ni sabe dónde está, ni sabe con quién está. Pero está. 

Bebía mate y no tenía hambre. Sentí mis huesos fortalecidos y mis músculos tonificados. Sin proponérmelo les había confiado mis angustias. 

El cerro disparó un estruendo y un pálido relámpago hizo que las dos miraran hacia la cima. ―Ya es  hora ―dijeron al unísono. 

Atardecía, el sol se ocultaba y advertí que habían transcurrido las horas.  Por el sendero asomaron algunas cabras balando mansas. Detrás un serrano a lomo de mula, vestido con humildad, de alpargatas y raído gorro hasta las orejas. Lo saludé y me saludó. Dijo a las mujeres, «ahora les toca a ustedes, en la cueva las esperan». Me hizo saber que había practicado muchas sanaciones y mostrándose agotado se disculpó preguntando ¿Lo suyo es de apuro?

Le respondí que no, que ya me iba, que regresaría en otro momento. Puse un billete en sus manos, me despedí y subí al auto. 

Trasponía la tranquera para retomar la ruta cuando por el espejo retrovisor vi  tres siluetas luminosas destellar al pie del cerro. 


Modesto Palacios – Abr/2023






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