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viernes, 5 de mayo de 2023

¿QUÉ ES UN LECTOR?

¿Qué es un lector?




En su libro El último lector, Piglia, en el capítulo “¿Qué es un lector?”, busca las representaciones imaginarias del arte de leer en la ficción. No se refiere tanto a qué es leer sino a quién es el que lee (dónde está leyendo, en qué condiciones), y menciona a Macedonio Fernández como el primero que pensó en estos problemas: “Para poder definir al lector, diría Macedonio, primero hay que saber encontrarlo. Es decir, nombrarlo, individualizarlo, contar su historia”.

La obra de Macedonio es una especie de escritura a la vista del lector. Es un texto autorreflexivo: el autor se contempla a sí mismo y muestra al lector sus contradicciones. Fernández no quería un lector pasivo. Lo invita a reflexionar y a coincidir o no con él. Quería un receptor que supiera que estaba leyendo una novela y no viendo un vivir. El destinatario de sus textos es el lector salteado, obligado como él a pensar e intervenir en el texto que ve desenvolverse. Opina que la verdadera tarea creadora es la que se hace ante la vista del lector, informándolo acerca de las dificultades que debe ir resolviendo para la organización de sus relatos y hasta de las pausas que emplea para planear sus pensamientos.


Macedonio Fernández 



Su obra fundamental, Museo de la Novela de la Eterna, en la que Macedonio trabajó durante toda su vida, fue compilada por su hijo Adolfo en 1967. En palabras de Piglia, “establece las bases de una historia del género” y “propone una relación directa con las grandes poéticas europeas y define la especificidad de la tradición”. Allí leemos su manifiesto sobre “el lector salteado”.

El Museo de la Novela de la Eterna, es una adivinanza lanzada a la historia esperando a que algún lector entienda de qué se trata. La novela cuenta con cincuenta y ocho prólogos y veinte y un capítulos, de los cuales no todos tratan de la misma temática o están regidos por una narrativa lineal. Por esto, lectores estiman que es ilegible. No obstante, entendemos que esta estimación de ilegibilidad es más un problema en su forma o soporte.

¿Qué tiene de particular la forma de esta novela? En primer lugar, su situación textual. En gran medida le debemos a uno de los cuatro hijos de Macedonio, Adolfo de Obieta, el que hoy tengamos múltiples ediciones de esta novela. Y su situación textual se debe a que antes de Museo de la Novela de la Eterna ser novela, esta solo eran papeles en cajas que Macedonio mismo había movido de apartamento en apartamento. Con la mudanza constante, se pierden o se van desorganizando los prólogos y capítulos de la novela, por lo que el orden exacto de la novela nunca estará del todo claro. Es la huella inseparable entre la redacción del autor y la ordenación y correcciones de su editor. Esta es la aportación más grande de este trabajo; se ´parte de la noción de que no existe Museo de la Novela de la Eterna sin segundos—editores que a su vez son lectores o lectores que a su vez son editores.




En la novela  Macedonio Fernandez hace una una tipología de lectores. En Museo de la Novela de la Eterna Macedonio nos presenta a tres tipos de lectores: al lector de vidriera, al lector de desenlaces y al lector salteado.

Todos hemos sido alguna vez o seguimos siendo lectores de vidriera. Lectores mínimos, lectores de tapa, lectores que al entrar a una librería no hojeamos más que con la mirada la tapa del libro para decidir si comprarlo o no. A este lector Macedonio le dedica un prólogo entero en su novela. Le advierte la situación escribiendo: “Así que si el lector no sigue leyendo yo no tengo la culpa de no habérselo advertido. Ya es tarde para encontrarnos aquí el autor que no escribe con el lector que no lee: ahora escribo decididamente” (Fernández 85). Existe también el lector de desenlaces en Museo. En el prólogo “A las puertas de la novela (Anticipación de relato)” lo define como el único lector que Macedonio descarta de la novela. Dado que entiende que, con tanta desviación del relato, este se habrá cansado de no encontrar indicio por ninguna parte de un desarrollo concreto de la novela. Y que, por tanto, la dejará a un lado porque no encuentra en ella solución o resolución alguna.



Hemos llegado al lector que más nos concierne; el lector salteado. ¿Cómo lee el lector salteado? ¿De qué manera salta metafóricamente este lector? Macedonio le dedica un prólogo entero, se “acoge” a este ya que es el único que podrá leer seguidamente su novela. Escribe: “Al lector salteado me acojo. He aquí que leíste toda mi novela sin saberlo, te tornaste lector seguido e insabido al contártelo todo dispersamente y antes de la novela” (Fernández 130). Macedonio (o Adolfo de Obieta que es quien ordena los textos en la edición de Corregidor) nos despierta de un sueño de eterna confusión en este prólogo pues nos ofrece un momento de resolución; nos hemos convertido sin saberlo en lectores salteados, después de haber leído seguidamente los cincuenta y cuatro prólogos previos a este. Puesto que hay algo de innato en esta capacidad de adaptarnos a una nueva forma de lectura, ¿cómo la cultivamos? ¿Qué en Museo nos lleva a eso? Esta novela de Macedonio no es meramente un texto o novela. 

En realidad, lo que encontramos y experimentamos, lejos de lo que tradicionalmente llamamos lectura y sus distintos soportes, es una hipertextualidad. Pero esto es otra cosa, que próximamente hablaremos. Solo diremos que se denomina hipertextualidad,  "a la relación de un texto con otro anterior, de un texto B con otro texto A de una manera que no es un comentario." A ese texto anterior se le llamaría hipotexto y al posterior hipertexto.




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