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sábado, 30 de marzo de 2024

El salon dorado

 



Cuento para leer y comentar en la próxima juntada.

 

El salón dorado (1904)

[Cuento - Texto completo.]

Manuel Mujica Lainez

Hace cinco días que la niña Matildita dejó de existir, y el salón dorado en el cual tan poco lugar ocupaba, trémula con su bordado eterno en el rincón de las vitrinas, parece aun más enorme, como si la ausencia frágil acentuara la soledad de los objetos allí reunidos, allí convocados misteriosamente por ese congreso de la fealdad lujosa que se realiza en las grandes salas viejas. Y sin embargo nada cambió de sitio. Nada ha cambiado en el salón de encabritadas molduras, en el curso de los últimos quince años, desde que a él llevaron el lecho imposible de doña Sabina, todo decorado con pinturas al “Vernis Martin”, y desde que en él se instaló, erguida sobre las almohadas, la anciana señora. Todo está igual: la chimenea de mármoles y bronces; los bronces y mármoles distribuidos sobre mesas y consolas; las porcelanas tontas de las vitrinas; los cortinajes de damasco verde que ciñe la diadema victoriana de las cenefas; y los muebles terribles, invasores, prontos siempre a la traidora zancadilla, que alternan el dorado con el terciopelo y cuyos respaldos y perfiles se ahuecan, se curvan, se encrespan y se enloquecen con la prolijidad de los ornamentos bastardos.

La presencia de la cama ha dejado de inquietar a sus vecinos numerosos. En quince años tuvieron tiempo de habituarse a ella y al hecho de que su incorporación haya transformado al cuarto en algo híbrido, algo que no es totalmente ni sala ni dormitorio. Merced a ese traslado, la sala que solo se abría de tarde en tarde, para las recepciones, alcanzó una existencia de inesperada novedad. En ella, a lo largo de tres lustros, tres personas han convivido: doña Sabina en el lecho distante, como un soberano en su trono; la niña Matildita junto al bastidor, cerca de la chimenea en invierno, cerca de la ventana cuando el calor apretaba; y Ofelia, el ama de llaves, entrando y saliendo, sin acomodar mucho porque la señora no quiere que toquen sus cosas. Y nadie más: en quince años, salvo algunas visitas espaciadas, salvo uno que otro médico, nadie ha entrado en la sala de la calle San Martín. La sordera creciente de doña Sabina terminó por aislarla. Y su carácter también: su carácter autoritario, egoísta, celoso, quejoso. De tal manera que la vida infundida por las tres mujeres al ancho aposento ha sido curiosamente estática, como si ellas también fueran tres muebles extraños sumados a la barroca asamblea.

La niña Matildita bordaba; la señora leía; Ofelia atizaba el fuego, aparecía con el juego de té de plata, corría las cortinas al crepúsculo. La niña Matildita bordaba siempre flores y pájaros sobre unas pañoletas; la señora leía, entre hondos suspiros, novelas que se titulaban Los misterios de la Inquisición o La verdad de un epitafio o La Marquesa de Bellaflor o La virgen de Lima. A veces levantaba los párpados venosos, porque adivinaba a su lado al ama de llaves. Había aprendido a entender lo que le decían, por el movimiento de los labios. Doña Sabina daba una orden. Ella las daba todas. Su sobrina —la niña Matildita— nada podía, nada significaba en el salón. Y así durante un día que se prolongó quince años, desde que la señora sufrió aquel gravísimo ataque que la mantuvo oscilando catorce meses entre la muerte y la vida, hasta que la vida triunfó y, paralizada, sorda, la condujeron al salón cuyas ventanas abren sobre la calle San Martín.

La idea fue del doctor Giménez, el médico joven que entonces la atendía. Puesto que no podría abandonar su aposento, después de tan larga e intensa lucha con la muerte, lo mejor era que pasara sus horas en el cuarto que más quería, aquel en el cual había concentrado más recuerdos. De esa suerte no tendría la impresión de estar encerrada en su alcoba, sino de continuar presidiendo su salón de fiestas. A doña Sabina la idea le gustó. Le gustaba cuanto tendía a rodearla de una aureola de extravagancia, de capricho, de exclusividad. Eso era ella: exclusiva, distinta. Por ello, en vez de ceñir su pelo escaso, que el postizo fue sustituyendo, con una cofia, anudaba a él una especie de turbante de gasa cuyo color cambiaba todos los días.

Los primeros tiempos la ubicaban trabajosamente en un sillón de ruedas, que transportaban al centro del cuarto, pero pronto, por consejo del mismo médico, prescindieron de él. ¿Dónde estaría más cómoda la señora Sabina que en su propia cama, flanqueada de almohadones, de estolas de encaje, de moños, de pañuelos, con los libros al alcance de la mano? A la señora le gustó también eso. Le parecía que cuanto menos la movieran y agitaran, más dueña de su pequeño estado sería, desde el lecho que lo gobernaba por la sola virtud de su diferencia, de su arbitraria intromisión en una sala de recibo; por la circunstancia además —sutilísima— de que solo ella pudiera ocupar, entre tantos muebles, ese mueble intruso, orgulloso, jerárquico. Y únicamente empleaba su sillón de ruedas de mañana, cuando la llevaban a que tomara su baño en el cuarto vecino.

Por último el doctor Giménez insinuó en su ánimo la conveniencia de que para el manejo de su inmensa casa poblada de criados, doña Sabina se valiera del intermedio de su ama de llaves. ¿Para qué iban a molestarla cotidianamente su “maître-d’hotel”, su cocinero, su portero, su servidumbre, si no podía oírles, y eso no haría más que irritar sus nervios: sus nervios que era preciso mimar mucho? La proposición también fue del gusto de la señora. Decididamente, el joven médico la comprendía. Poco a poco, los criados dejaron de presentarse en la sala dorada. En cuanto asomaban, la señora ponía el grito en el cielo: que hablaran con Ofelia, que se entendieran con Ofelia. Ella no los necesitaba en su cuarto; demasiado tenían que hacer en el resto de la casa suntuosa, donde la segunda sala, el “hall”, el comedor y el billar precedían a la serie de dormitorios, llenos todos, como esta habitación, de una fauna y flora inmóvil de muebles, de muebles, de muebles, de alfombras, de tapices, de espejos, de cuadros, de jarrones, de cortinas pestañudas de borlas, de estatuas de gladiadores y de pajes, y de más muebles, de más muebles, como corresponde a la posición de la señora en Buenos Aires. Y ahora la niña Matildita ha muerto. Hace cinco días. La niña Matildita, que era como una ratita gris.

La señora piensa en ella, vagamente, perezosamente, esta mañana de domingo. La cara espesa, el violento perfil borbónico, se destacan entre las blondas y el arabesco de las iniciales, en las almohadas. Toma la novela gorda (Las ruinas de mi convento, de don Fernando Patxot) y se enfrasca en la lectura. Pero no puede leer. A cada instante, la figura de su sobrina se mete en el enredo de los capítulos y anda, con sus ojazos violetas, con su rodete tirante, con sus manos ágiles, en medio de los personajes discurseadores que se esconden en catacumbas para departir sobre temas morales, y que sostienen luchas feroces mientras dobla la campana del monasterio. La niña Matildita, que era como una ratita gris… la niña Matildita, bordando, bordando… ¡hipócrita!

Hay algo que doña Sabina no le ha perdonado y es el asunto con el doctor Giménez: el “affaire”, como lo llamó entonces, empinando la voz de tiple.

Sucedió casi en seguida después de que la alojaron en la sala dorada. Durante los catorce meses anteriores —esos en que pareció que iba a abandonar este mundo— la señora vivió en un estado de semiinconsciencia, ignorante de lo que pasaba a su alrededor. Con la mejoría recobró la lucidez, y doña Sabina empezó a ver claro: entre la niña Matildita y el doctor “algo” había; algo todavía indefinible, pero algo al fin. Cuando el médico entraba, la anciana espiaba a su sobrina y la veía bajar los párpados sobre el bastidor, como si rehuyera la mirada de Giménez, que era joven y elástico y usaba una levita impecable. El médico alargaba las visitas con pretextos. Al comienzo doña Sabina creyó que lo hacía porque sus cuentos le interesaban. Había sido famosa en los salones porteños por el arte de narrar. Así que desplegó ante él sus fuegos de artificio, sus antiguos relatos que recamaba con ademanes y exclamaciones: el cuento de cuando conoció a la Emperatriz Eugenia en París, durante la Exposición Universal del ‘67 (“aquí, solo Carlota Romero ha tenido unos hombros como los suyos”); el cuento del asesinato de Felicitas Guerrero de Álzaga, en 1872; el del casamiento de Fabián Gómez con la Gavotti, en 1869. Sobre Fabián Gómez poseía detalles inauditos, por su vínculo con los Anchorena y los Malaver. Al recordarlo, erguía como un fabuloso castillo la enumeración de las propiedades de doña Estanislada y luego se arrojaba a referir aventuras del Conde del Castaño, sobre todo aquella de la comida en que una “cocotte” célebre, Cora Pearl (la señora apagaba la voz) surgió desnuda del interior de un pastel de hojaldre.

Un día en que por segunda vez recitaba el episodio para el doctor Giménez, sorprendió en un espejo la mirada de inteligencia cambiada entre el médico y su sobrina. Sintió de inmediato como si se le helara el corazón, y sus celos, impetuosos, se erizaron mientras proseguía las descripciones (“Fabián tuvo que regalarle un collar de perlas de ocho hilos para decidirla a hacerlo”). Rió el doctor y doña Sabina adivinó en sus labios las palabras amables, pero se había roto el sortilegio. Le habían producido la llaga peor: la herida en plena coquetería. En cuanto el doctor Giménez salió del cuarto, declaró que estaba harta de ese médico y que quería ensayar otro. Inútiles fueron las observaciones de la niña Matildita (“esa falsa”) y de Ofelia (“esa estúpida”). Se negó a atenderlas y se hundió en su libro respirando pesadamente. Más tarde hizo una escena atroz a su sobrina con un motivo fútil y Giménez ya no regresó a la casa de la calle San Martín.

La niña Matildita… la niña Matildita… siempre en su rincón, bordando, bordando… ¡farsante! Seguramente calculaba que algún día la podría heredar, y que esa casa y los coches y la fortuna le pertenecerían. Y ahora ha muerto… ha muerto la ratita gris…

¡Ah! Mejor es no pensar en cosas tristes, en el desagradecimiento, en el cálculo, en la incomprensión… Hoy es domingo. La señora tomará su baño caliente y, de nuevo en la cama, rezará su misa. Después reanudará la lectura truculenta de Patxot, que obra como un narcótico, porque de lo contrario se obsesionará y terminará por ver al pequeño fantasma de su sobrina junto al solitario bastidor, bordando, bordando…

Ofelia la alza en sus brazos robustos y la lleva al baño en el sillón de ruedas.

Ofelia… Ahora quedarán frente a frente, hasta el fin… Pero así la lucha será más equilibrada. Antes eran dos contra una: dos conspiradoras, frente a la señora rica, sorda, tullida.

Ofelia, con su masculina brusquedad… taciturna, severa… Debió librarse de ella hace muchos años. A esta altura es imposible. Pero quizás ahora convenga que alguien más entre en el salón dorado, porque si no concluirá por perder la razón y por gritar entre sus muebles indiferentes y pomposos. Quizás sería bueno abrir las puertas a esos criados que sirven en su casa hace tantos años y a algunos de los cuales no conoce. Mientras lo imagina, su vanidad se inflama con la pasión del papel altivo que representa desde que enfermó. No: la señora Sabina no ve a nadie, a nadie. No hay en Buenos Aires nadie tan original, tan exclusivo como la señora Sabina.

¿Qué comentarán en Buenos Aires? ¿Qué dirán de la señora excéntrica de la calle San Martín, amurallada detrás de sus estatuas, de sus canapés, de sus “marquises”, de sus armarios?

Ofelia… Ofelia… Ofelia es como un hombre. A ninguno se le ocurriría pensar en ella como mujer. ¡Y cuánto quiso a la niña Matildita! Eso también lo adivinó la señora. Todo tenía que adivinarlo, porque vivían ocultándole, fingiéndole. Tal vez la quiso demasiado… tal vez demasiado… ¡vaya una a saber!… pero ahora la ratita gris ha muerto…

Ofelia le frota suavemente la espalda con el perfume finísimo, le viste el batón, la empolva, le retoca el turbante transparente, la deposita en el sillón de ruedas. Muy despacio, vuelven a la sala. Doña Sabina la abarca con sus ojos protuberantes. ¡Ah, ella no oirá nada, pero ve muy bien, ve hasta el último pormenor, hasta el objeto más mínimo de sus vitrinas repletas! ¡Qué hermoso es el salón dorado, el salón de las grandes recepciones! Mansilla le dijo en ese mismo cuarto que en Buenos Aires no existe un salón tan europeo.

En el fondo del aposento, entre el retrato de su padre, el general, y el de su madre, con el peinetón airoso, las puertas de roble han sido abiertas de par en par.

—¿Qué es esto? —interroga asombrada—. ¿Quién dio orden de abrir?

Gira el rostro buscando el dibujo de la respuesta en los labios del ama de llaves, pero la cara rígida sigue impasible. Ofelia empuja la silla hacia el medio del salón, sorteando las mesas colmadas de abanicos y de grupos de porcelana de Sajonia. Doña Sabina tuerce la carota de infanta vieja y agita las manos en las que los anillos se posan como escarabajos verdes y azules.

—¿Ha perdido el juicio? ¿Adónde me lleva?

Ofelia hace rodar la silla. Van hacia las puertas de roble, hacia el “hall” estilo Francisco I, al que ilumina una claraboya por cuyos vidrios multicolores pasean diosas coronadas de laurel.

La señora se debate, indignada, pero comprende que si quiere conservar por lo menos la ficción del mando, lo más cuerdo será callar. Así que, saltándosele los ojos, declara:

—Tiene razón. Ya es tiempo de que vea cómo anda mi casa.

Y en verdad, siente una súbita nostalgia de su casa inmensa, que no recorre hace quince años, y en cuyo corazón permaneció enclaustrada como una absurda Bella Durmiente protegida por una selva de muebles y tapices.

—Tiene razón, Ofelia. Me parece que…

Su voz se quiebra porque han salido al “hall” y no lo reconoce.

En lugar de la luz enjoyada que proyectaban las mitologías de la claraboya, una triste penumbra se aprieta en los ángulos y flota en el aire. Instintivamente, mira hacia arriba: largas manchas negras oscurecen el “vitrail”. Sus ojos se habitúan poco a poco a la tiniebla.

—¿Y la araña? —grita—. ¿Y los cofres?

Porque la araña colosal, en cuyos bronces reían los faunos, no pende ya del techo, y los cofres tallados no se alinean contra el damasco rojo de las paredes. Dona Sabina da rienda suelta a sus nervios. Sus uñas cuidadas se crispan en los brazos del sillón.

—¿Dónde están, Ofelia, dónde está todo? ¿Dónde están los cuadros?

Los cuadros superponían sus marcos esculpidos hasta el cielo raso. Uno representaba a Napoleón premiando a un granadero de su guardia; otro representaba el interior de un taller donde la modelo púdica se entibiaba junto al fuego; otro mostraba a un prelado conversando con una marquesa; otro… otro… Pero no hay ninguno. No hay nada: ni cuadros, ni muebles, ni araña, ni tapices. Solo una mesa redonda y algunas sillas desterradas dan más relieve a la amplitud desnuda de la habitación.

La anciana impotente escruta la fisonomía de Ofelia.

—¿Dónde está todo, ladrona? ¿Dónde están los mucamos? ¡Llame a los mucamos!

Levanta la voz:

—¡A ver! ¡Alguien, alguien! ¡Vengan!

Y entre tanto, la silla rueda lentamente. El ama de llaves la detiene delante de la puerta que da al comedor. En su panel central hay clavado un cartel: “Bruno Digiorgio, sastre”.

Entran allí. Los cortes de género se apilan sobre un mostrador; los maniquíes rodean a la estufa, encima de la cual permanece, como un testigo irónico, el lienzo pintado de la “Carrera de Atalanta” que imita un gobelino. Aquí hay más luz. Doña Sabina advierte que los labios de Ofelia se mueven y descifra sus palabras:

—Se empezó a vender todo hace quince años, cuando usted estuvo muy enferma. En aquel tiempo comenzó la ruina.

—¿Cómo, la ruina? ¿Qué ruina?

La señora se mesa el pelo postizo y desordena el turbante. Están de nuevo en el “hall”. En la puerta del billar, otro rótulo anuncia: “Valentín Fernández y Cía. Remates y comisiones”, y el de la segunda sala dice: “Azcona. Compostura de objetos artísticos”. Y así, las inscripciones se multiplican de habitación en habitación. Al pie de la escalera, cuyo arranque enaltecía un trovador de mármol, desaparecido como el resto de los objetos y los muebles, se amontonan los letreros y las flechas que señalan hacia arriba: “Mlle. Saintonge, sombrerera”, “Carmen Torres, flores artificiales”, “Gutiérrez y Morandi, fotógrafos”, y otro rematador y un pintor y “El Bordado Francés” y “Loperena, fabricante de violines”.

Un tic estremece a doña Sabina.

—La niña Matildita —recalca Ofelia, imperturbable— trabajaba para “El Bordado Francés”. Gracias a ella y al alquiler de los cuartos, usted pudo seguir viviendo en la casa.

—Pero…, ¿con qué derecho…? ¿Cómo no se me previno…? ¿Con qué derecho…?

—Los médicos aseguraron que sería fatal que usted se enterara. Y a medida que pasaba el tiempo las cosas se ponían peor. El mal venía de lejos, del tiempo de su hermano. Usted había gastado mucho. Las hipotecas… la administración…

—¡Había que decírmelo!

—Yo insistí cien veces para que se lo dijeran, pero no hubo nada que hacer. La niña Matildita se opuso.

—¡Esa entrometida audaz, resolviendo!

Ofelia recorta los vocablos y las muecas le tironean los rasgos hombrunos:

—La niña Matildita fue una santa. Cuando el doctor Giménez quiso casarse con ella, lo rechazó para no dejarla a usted.

La señora ahoga un suspiro. Sus viejos celos están ahí, verdes, vibrantes, tan fuertes como el desconcierto que la sobrecoge.

Regresan a través del “hall” sórdido. En un extremo, el salón dorado brilla, palaciego; más acá están la neblina, la impureza, la destrucción, los damascos moteados por la humedad, los cristales sucios, la soledad dominguera de esa casa que el lunes se llenará de extraños, sus dueños.

Doña Sabina no quita los ojos de los labios de Ofelia, de la cara de Medusa de Ofelia.

—La niña Matildita fue una santa. Vivió para usted, para que usted no sufriera.

Y Ofelia rompe a llorar, con un llanto grotesco, un llanto de hombre desesperado.

El salón de fiestas, con la cama de “Vernis Martin” al fondo, hace pensar en una nave magnífica, una galera a la que la tormenta obligó a anclar en un puerto de brumas, habitado por gentes miserables, rapaces, hostiles.

¡Cómo fulgen las porcelanas en las vitrinas, la ronda delicada de pastores y músicos! ¡Cómo fulgen los espejos y la alfombra de Aubusson y las sillas y las lámparas, que indican el camino hacia el lecho cubierto de pieles y encajes, hacia la novela de don Fernando Patxot y los perfumes mezclados en la mesa de luz!

Pero la señora no aparta su mirada de la boca de Ofelia. No ve el salón dorado, donde la chimenea canta dulcemente. No ve nada más que la boca de Ofelia.

—Yo me voy, señora Sabina. Tengo que anunciarle que me voy. Me voy ahora mismo. Ya tengo todo arreglado.

—¿Se va? ¿Usted se va? ¿Está loca?

—Sí, señora Sabina, me voy. Yo no soy una santa. La niña Matildita era una santa. Ella vivió para usted, para su egoísmo. Yo no podría. No quiero hacerlo.

El ama de llaves le da la espalda. Se aleja. Y la señora sorda se pone a gritar, a gritar, y su voz de tiple cruza el salón dorado y vuela por las habitaciones vacías, entre los maniquíes enhiestos de Bruno Digiorgio, entre los sombreros espectaculares como fruteras, entre las máquinas de fotografiar y las horribles flores artificiales, entre las diosas de vidrio y los violines que duermen. El lunes la casa se llenará de enemigos. Deberá aguardar al lunes, sola en el salón de oro que los cuartos acechan, como animales grises y negros, como lobos y hienas alrededor de una gran fogata.

*FIN*

Misteriosa Buenos Aires, 1950

 

 

 

 

miércoles, 13 de marzo de 2024

El hambre - Cuento de Manuel Mujica Lainez






I. El hambre (1536)
Misteriosa Buenos Aires
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1950 [1951], 371 págs.)



      Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.
       Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.
       Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el “Ave María” heráldico del fundador.
       El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.
       ¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.
       Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Cómo si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?
       El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay… no lo hay… Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda.
       El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces…
       Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.
       Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas… Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más…
       Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.
       Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto.
       A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester…
       Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento.
       El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.
       Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones.
       Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación… Si el genovés se fuera de una vez por todas… de una vez por todas… ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad…
       No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse.
       El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.



Manuel Mujica Lainez
(Buenos Aires, 1910- La Cumbre, Córdoba, 1984)


Primera Lectura Compartida del 2025

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