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viernes, 11 de abril de 2025

Primera Lectura Compartida del 2025





El jueves 3 de abril de 2025se realizo la primera juntada de Lecturas Compartidas de la Agepj. 

En la misma, luego de reflexionar sobre la realidad actual, leímos el Cuento "El amigo de Maxi", del escritor cordobés Miguel Ángel Barroso, de su libro El cielo de nuestras casas  Edit. Antopop, 2025. 

Se trata de un cuento de terror con la característica  de que el narrador es la víctima de un hecho criminal.

Ello dio lugar a un debate, cruce de ideas, en torno al tema de la muerte en la literatura y como lo asumen las distintas creencias y religiones. 

También se comentó  la película Adolescencia, disponible en la plataforma Netflix. 

Transcribimos a continuación el cuento: 

EL AMIGO DE MAXI

Si viera mamá cómo arrastran mi cuerpo.

Estoy muy linda así vestida: la pollera de jean, la pupera fucsia con el escote en v. Mis tetas son tan pequeñas, tan diminutas, que siento vergüenza.

Si viera mamá que su teoría se cumple: “todos los muertos en la ruta pierden una zapatilla”. Ahora es una sandalia, unas franciscanas que nada tienen que ver con el resto de mi ropa. Pero me gustan y son cómodas. Bueno, eran.

La ruta tiene manchas de brea, sobresaltos, la banquina angosta por la que siempre vuelvo a casa después del trabajo.

Si viera mamá a los dos muchachos que me arrastran bajo este cielo tan azul y tremendo, tan infinito y fresco.

Si viera mamá cómo tiembla uno de ellos, con las manos ensangrentadas, con mi sangre todavía tibia. Con sus pelos tirados para un costado, cruzándole la cara, cubriéndole un ojo. Si viera mamá que es Maxi, el hijo de nuestra vecina. Maxi, un chico bueno, decía mamá. Ahora involucrado en este embrollo de arrastrar un cuerpo.

Si viera mamá al amigo de Maxi, tan flaco y desgarbado, se sorprendería de la fuerza con la que me arrastra. Está rapado el amigo de Maxi, y aún no puedo escuchar su nombre.

Lleva una estrella tatuada detrás de la oreja, una lágrima en la mejilla.

El amigo de Maxi no es del barrio.

—Apurate, man —le dice a Maxi y se rasca una gárgola que tiene tatuada a mano alzada en el antebrazo.

Si viera mamá a Maxi haciéndole caso a su amigo, alzándome de las axilas, mis hombros desencajados, el crujido de los cartílagos ya laxos, mi clavícula estallada.

—No puedo —dice Maxi y me deja caer. Su voz suena entrecortada por la desesperación, por la angustia.

Mi cuerpo larga un espasmo y Maxi se asusta tanto que una arcada le sube como una descarga y lo hace vomitar.

Una bandada de pájaros cruza por encima nuestro, vuelan en hilera, forman una v.

Si viera mamá los faros del auto que quiebran la noche, los haces de luz blanca y fría, sobre mi cuerpo de veinte años. Si también viera el paragolpe con mechones de pelo y carne.

El auto tiene las puertas abiertas, una música sale de adentro. Es tan bonito el tema, dice algo como: has visto alguna vez la lluvia caer y es de Creedence.

Me dan ganas de viajar, estoy viajando.

—Como sea, hay que subirla, man —dice el amigo de Maxi.

Y Maxi llora, con las rodillas enterradas en la gramilla alta de la banquina, cerca de su vómito, que larga olor a bebida blanca y a alguna comida con salsa.

—Como sea —dice el amigo de Maxi y la voz tapa por un segundo la música. Qué voz tan fea que tiene, como de un hombre grande y no llega a los veinte.

Si viera mamá cómo el amigo de Maxi lo caza por la garganta, cómo le aprieta el cuello hasta que Maxi se pone rojo como una frutilla. Cómo lo levanta y le golpea la cara para que Maxi tome cartas en el asunto.

El viento cálido trae el aroma dulce de un campo de lavandas. Los cables de alta tensión cruzan, ondulados, por ese campo.

—Vamos en cana si la dejamos acá —dice, y Maxi parece entender. Vuelve a meter sus manos bajo mis axilas.

Si viera mamá mis pelos rozando el pasto, los brazos como dos ramas partidas cayendo a los lados, mis uñas pintadas por mamá, a centímetros del suelo.

El auto es un Dodge Polara, un auto muy largo y muy viejo. Puedo ver el esmero del amigo de Maxi por dejarlo tan pulcro. Si no fuera por el ronroneo del motor, que parece tener un león encerrado bajo el capó, diría que el Polara del amigo de Maxi es un auto de los de ahora.

Un cuervo se posa sobre un poste del alambrado del campo de lavanda, cogotea hacia nosotros, espera la carroña y después, con su pico de gancho, se hurga debajo de un ala.

—Traen mala suerte —dice el amigo de Maxi.

—¿Qué cosa? —pregunta Maxi.

—Los cuervos.

Si viera mamá cómo dejan mi cuerpo sobre la línea blanca que delimita el asfalto de la banquina. El amigo de Maxi abre el baúl de su Polara con una llave cromada. El crac al abrirse, si no fuera por Creedence, rompería el silencio de la noche.

—Parece virgencita —dice el amigo de Maxi, y siento sus dedos que bajan entre mis piernas. Son dedos duros y ásperos y transpirados.

Maxi quiere apartarlo, como si mi cuerpo fuera de él, de Maxi. Entonces discuten, se van delante del auto, se empujan, se pegan, sus cuerpos atravesados por las luces del Polara.

Tan ingenuos los dos, tan distintos.

Si viera mamá mi cuerpo como un feto enroscado en el baúl del Polara. Las ruedas chirriando en el asfalto, Creedence sonando a todo volumen. El humo de alguna sustancia filtrándose por las rendijas del Polara, mezclándose con los gases del escape, con el olor húmedo del encierro.

La laguna está bajando la ruta, metiéndose por un camino huelleado. Mi cuerpo rebota en el baúl cuando el Polara pisa la tierra.

Si viera mamá cómo me bajan, con qué torpeza, mi arito de oro que cae en el fondo del baúl como una perla en el océano.

Con la luna de esta noche, la laguna resplandece.

El amigo de Maxi vuelve a tocarme, pero ahora uno de sus dedos avanza un poco más adentro. Larga un gemido y dice “chiquita”, después retira el dedo en un movimiento brusco hacia atrás. Se lo huele y se lo lame. “Chiquita”.

Maxi tiene la mirada clavada en las aspas de un molino que no gira y llora como un bebé.

Si viera mamá cómo arrastran mi cuerpo hasta el borde de la laguna. Cómo Maxi me agarra otra vez por las axilas y el amigo de los tobillos, cómo me hamacan.

—Tres, dos, uno… —cuenta el amigo de Maxi.

Mi cuerpo es tan liviano que al caer apenas salpica agua y hace un ruido como aplausos de manos pequeñas.

Si viera mamá mi cuerpo que baja por el agua amarronada, el barro del fondo chupándome, los peces acercándose.

Pero mamá no podrá ver nada de todo esto, porque ella, ahora, me espera tirada en el sillón, tapada con la manta de lana que yo misma le tejí, mirando la novela de las once, con la mesa puesta y la comida caliente, lista para que cenemos.

*


MIGUEL ANGEL BARROSO

nació en Rosales, provincia de Córdoba en 1985. Es Enfermero Profesional. Ha participado en los Talleres Literarios de Germán Maretto, Waldo Cebrero, Fabio Martínez, Mariano Quirós y Luciano Lamberti. Su cuento “Arabel” fue finalista del 3er Concurso de Narrativa Fundación La Balandra, publicado en la Antología “El Sol oblicuo”( 2022). Su cuento “El graznido de las lechuzas” fue finalista del 13°Concurso de Cuento Itaú, publicado por la Antología Federal Argentina ( 2023). 

Ha publicado su primer libro de cuentos “El cielo de nuestras casas", Editorial Antipop (2024).


Nos vemos  en la próxima Juntada. 

(Hay una idea de  leer algún/ a autor/ a  latinoamericana). 


miércoles, 5 de junio de 2024

El carrito de Mariana Enriquez

En la juntada de hoy, Miércoles 5 de junio del 2024, leímos y comentamos el cuento El carrito de la escritora Mariana Enriquez, que esta en su libro "Los peligros de fumar en la cama" Edit. Anagrama, 2017, que reproducimos a continuación.


El carrito

› Por Mariana Enriquez


Juancho estaba borracho esa tarde, y se paseaba por la vereda bravucón, aunque ya nadie en el barrio se sentía amenazado, o siquiera inquieto, por su presencia intoxicada. A mitad de cuadra, Horacio lavaba el auto como todos los domingos, en shorts y chancletas, la panza tensa y prominente, el pelo en pecho canoso, la radio con el partido. En la esquina, los gallegos del bazar tomaban mate con la pava en el piso, entre las dos sillas reclinables que habían sacado afuera, porque el sol estaba lindo. Enfrente, los hijos de Coca tomaban cerveza en el umbral, y un grupo de chicas recién bañadas y demasiado maquilladas charlaban paradas en la puerta del garaje de Valeria. Mi papá había intentado, más temprano, decir buenas tardes y darles charla a los vecinos, pero volvió adentro como siempre, cabizbajo, apenas contrariado, porque era buena gente pero no tenía conversación, cada tarde de domingo decía lo mismo.

Mi mamá espiaba por la ventana. Se aburría con la tele dominguera, pero no tenía ganas de salir. Miraba por las rendijas de las persianas entreabiertas, y de vez en cuando nos pedía un té, o una galletita, o una aspirina. Mi hermano y yo solíamos quedarnos los domingos en casa; a veces, a la noche, nos dábamos una vuelta por el centro, si papá nos prestaba el auto.

Mamá lo vio primero. Venía de la esquina de Tuyutí, por el medio de la calle, con un carro de supermercado muy cargado, y todavía más borracho que Juancho, pero se las arreglaba para empujar la basura acumulada, botellas, cartones, guías telefónicas. Se detuvo frente al auto de Horacio, tambaleándose. Hacía calor esa tarde, pero el hombre llevaba un pullover viejo, verdoso. Debía tener unos sesenta años. Dejó el carrito junto al cordón, se acercó al coche y, justo del lado que le quedaba mejor a mi mamá para verlo, se bajó los pantalones.

Ella nos llamó a lo gritos. Nos acercamos y espiamos por las rendijas de las persianas los tres, mi hermano, papá y yo. El hombre, que no llevaba calzoncillos bajo un mugriento pantalón de vestir, cagó en la vereda, mierda floja, casi diarreica, y mucha cantidad; el olor nos llegó, apestaba tanto a mierda como a alcohol.

Pobre hombre, dijo mi mamá. Qué miseria, a lo que puede llegar uno, dijo mi papá.

Horacio estaba estupefacto, pero se veía que empezaba a calentarse, porque se le enrojeció el cuello. Pero antes de que pudiera reaccionar, Juancho cruzó la calle, corriendo, y empujó al hombre, que todavía no había tenido tiempo de levantarse, ni de subirse los pantalones. El viejo cayó sobre su propia mierda, que le embadurnó el pullover, y la mano derecha. Sólo murmuró un ay.

–¡Negro de mierda! –le gritó Juancho–. Villero y la concha de tu madre, ¡no vas a venir a cagarnos en el barrio, negro zarpado!

Lo pateó en el suelo. El también se manchó de mierda los pies, llevaba ojotas.

–Te levantás, conchisumadre, te levantás y le baldeás la vereda al Horacio, acá no se jode, volvé a la villa, hijo de una remil puta.

Y lo siguió pateando, en el pecho, en la espalda. El hombre no podía levantarse; parecía no entender lo que estaba pasando. De pronto se puso a llorar.

No es para tanto, dijo mi papá. Cómo va a humillar así al pobre desgraciado, dijo mi mamá, y se paró, y enfiló hacia la puerta. Nosotros la seguimos. Cuando mamá llegó a la vereda, Juancho había levantado al hombre, que lloriqueaba y pedía perdón, y trataba de ponerle entre las manos la manguera con la que Horacio había estado lavando el auto, para que limpiara su propia mierda. La cuadra apestaba. Nadie se atrevía a acercarse. Horacio dijo “Juancho, dejá”, pero en voz baja.

Mi mamá intervino. Todos la respetaban, especialmente Juancho, porque ella solía darle unas monedas para vino cuando le pedía; los demás la trataban con deferencia porque mamá era kinesióloga, pero todos pensaban que era médica, y la llamaban doctora.

–Dejalo en paz. Que se vaya y listo. Nosotros limpiamos. Está borracho, no sabe lo que hace, no tenés por qué pegarle.

El viejo miró a mamá, y ella le dijo: “Señor, pida disculpas y vaya”. El murmuró algo, soltó la manguera y, todavía con los pantalones bajos, quiso arrastrar el carrito.

–Acá la doctora te perdona la vida, negro culeado, pero el carro no te lo llevás. La mugre la pagás, zarpado del orto, en el barrio no se jode.

Mamá intentó disuadir a Juancho, pero él estaba borracho, y furioso, y gritaba como un justiciero, y en los ojos no le quedaba nada blanco, negro y rojo, como los colores del short que llevaba puesto. Se puso adelante del carro y no dejó que el hombre lo pusiera a andar. Yo tuve miedo de que empezara otra pelea –otra golpiza de Juancho, en realidad– pero el hombre pareció despertarse. Se subió el cierre de los pantalones –no tenían botón– y se fue caminando por el medio de la calle otra vez, hacia Catamarca; todos los miraron irse, los gallegos murmurando qué barbaridad, los hijos de Coca a las risotadas, las chicas en la puerta del garaje de Valeria riéndose nerviosas algunas, otras cabizbajas, como avergonzadas. Horacio puteaba en voz baja. Juancho sacó una botella del carrito y se la revoleó al hombre, pero le pasó muy lejos y se estrelló contra el asfalto. El hombre, sobresaltado por el ruido, se dio vuelta y gritó algo, ininteligible. No supimos si hablaba otro idioma (pero ¿cuál?) o si sencillamente no podía articular por la borrachera. Pero antes de salir corriendo en zigzag, huyendo de Juancho que lo persiguió a los gritos, miró a mi mamá con toda lucidez y asintió, dos veces. Dijo algo más, girando los ojos, abarcando toda la cuadra y más. Después desapareció por la esquina. Juancho, demasiado en pedo, no lo siguió. Nomás siguió gritando, un rato largo.

Entramos a casa. Los vecinos seguirían hablando del tema toda la tarde, y la semana. Horacio usó la manguera, puro rezongo y negros de mierda, negros de mierda.

Este barrio no da para más, dijo mi mamá, y cerró la persiana.

- - -

Alguien, probablemente el propio Juancho, movió el carrito a la esquina de Tuyutí, y lo dejó estacionado frente a la casa abandonada de doña Rita, que se había muerto el año anterior. Pocos días después, nadie le prestaba atención. Al principio sí, porque esperaban que el villero –qué otra cosa podía ser– volviera a buscarlo. Pero no apareció, y nadie sabía qué hacer con sus cosas. Así que ahí quedaron, y un día se mojaron con la lluvia, y los cartones húmedos se desarmaron, y daban olor. Algo más apestaba entre las porquerías, probablemente comida pudriéndose, pero el asco impedía que alguien lo limpiara. Bastaba con pasarle lejos, caminar bien cerca de las casas y no mirarlo. En el barrio siempre había olores feos, del limo que se juntaba junto a los cordones de la vereda, verdoso, y del Riachuelo, cuando soplaba cierto viento, especialmente al atardecer.

Unos quince días después de la llegada del carrito, comenzó. A lo mejor había empezado antes, pero hizo falta la acumulación de desgracias para que el barrio sintiera que la secuencia era extraña. El primero fue Horacio. Tenía una rotisería en el centro, le iba bien. Una noche, cuando estaba haciendo la caja, entraron a robarle y se llevaron todo. Cosas de suburbio. Pero esa misma noche, cuando fue al cajero automático a sacar plata, después de la denuncia –inútil, como en la mayoría de los robos, entre otras cosas porque los chorros entraron encapuchados– descubrió que no tenía un peso en la cuenta. Llamó al banco, hizo escándalos, pateó puertas, quiso acogotar a un empleado y llegó hasta el gerente de la sucursal, y después de la red bancaria. Pero no hubo caso: el dinero no estaba, alguien lo había sacado, y Horacio, de la noche a la mañana, estaba en la ruina. Vendió el auto. Le dieron menos de lo que esperaba.

Los dos hijos de la Coca perdieron el trabajo que tenían en el taller mecánico de la avenida. Sin aviso; el dueño ni les dio explicaciones. Lo cagaron a puteadas, y él los echó a patadas. A la Coca, encima, no le salía la pensión. Los hijos buscaron trabajo una semana, y después se dedicaron a gastar los ahorros en cerveza. La Coca se metió en la cama, diciendo que se quería morir. Ya no les daban fiado en ningún lado. Ni para el colectivo tenían.

Los gallegos tuvieron que cerrar el bazar. Porque no se trataba nada más que de los hijos de la Coca, o de Horacio; cada vecino, de golpe, en cuestión de días, perdió todo. La mercadería del kiosco desapareció misteriosamente. Al remisero le robaron el auto. El marido y único sostén de Mari, albañil, se cayó de un andamio y murió. Las chicas tuvieron que dejar los colegios privados porque los padres no podían pagarlos: el padre dentista ya no tenía clientela, la modista tampoco, al carnicero un cortocircuito le quemó todas las heladeras.

En dos meses, ya nadie tenía teléfono en el barrio, por falta de pago. En tres meses, tuvieron que colgarse de los cables de luz porque no podían pagar la electricidad. Los hijos de la Coca salieron a afanar y a uno de ellos, el más inexperto, lo agarró la policía. El otro no volvió una noche; a lo mejor lo habían matado. El remisero se aventuró, caminando, hasta el otro lado de la avenida. Allá, dijo, estaba todo lo más bien. Hasta tres meses después de que comenzara, los negocios del otro lado de la avenida fiaban. Pero eventualmente dejaron de hacerlo.

Horacio puso la casa en venta.

Todos cerraban con candados viejos, porque no había plata para alarmas ni para cerraduras más eficientes; empezaron a faltar cosas de las casas, televisores y radios y equipos de música y computadoras, y se veía a algunos vecinos cargando electrodomésticos entre dos o tres, en changos de hacer compras, o sólo con la fuerza de los brazos. Llevaban todo a las casas de remate y usados del otro lado de la avenida. Pero otros vecinos se organizaron y, cuando intentaban tirarles la puerta abajo, blandían tramontinas o revólveres, si tenían. Cholo, el verdulero de la vuelta, le partió la cabeza al remisero con el fierro que usaba para hacer el asado. Al principio, un grupo de mujeres se organizaron para repartir la comida que quedaba en los freezers; pero cuando se enteraron de que algunas mentían y se guardaban víveres, la buena voluntad se fue al carajo.

La Coca se comió a su gato y después se suicidó. Hubo que ir a la sede de la obra social de la avenida para que se llevaran el cuerpo y lo enterraran gratis. Algún empleado de ahí quiso averiguar más, le contaron, y llegó la televisión con las cámaras para registrar la mala suerte localizada que sumía a tres manzanas del barrio en la miseria. Sobre todo querían saber por qué los vecinos de más lejos, los que vivían a cuatro cuadras, por ejemplo, no eran solidarios. Horacio les habló un rato, pero a los diez minutos sacó un cuchillo del pantalón, se lo puso en el cuello al movilero, y se quedó con la cámara y los equipos, y se hubiera quedado con la camioneta si los periodistas no hubieran escapado aterrorizados.

Vinieron asistentes sociales y repartieron comida, pero sólo desataron más guerras. A los cinco meses, ni la policía entraba, y los que todavía iban a mirar televisión en los aparatos exhibidos en las casas de electrodomésticos de la avenida decían que en los noticieros no se hablaba de otra cosa. Pero pronto quedaron aislados, porque los de la avenida los echaban si los reconocían.

Quedaron, digo, porque nosotros sí teníamos tele, y electricidad, y gas, y teléfono. Decíamos que no, y vivíamos tan encerrados como los demás; si nos cruzábamos con alguien, mentíamos: nos comimos al perro, nos comimos las plantas, a Diego –mi hermano– le fiaron en un negocio de acá a veinte cuadras. Mi mamá se las arreglaba para ir a trabajar, saltando por los techos (no era tan difícil en un barrio donde todas las casas eran bajas). Mi papá podía sacar la plata de la jubilación por cajero automático, y los servicios los pagábamos online, porque todavía teníamos Internet. No nos saquearon; el respeto a la doctora, a lo mejor, o muy buenas actuaciones de nuestra parte.

Fue Juancho el que, después de robar alcohol de un maxikiosco lejano, mientras tomaba el vino en botella sentado en la vereda, empezó a gritar y putear. “Es el carrito de mierda, el carrito del villero.” Horas gritó, horas caminó por la calle, golpeó puertas y ventanas, “es el carrito, es culpa del viejo, hay que ir a buscarlo, vamos, cagones de mierda, nos hizo una macumba”. A Juancho se le notaba el hambre más que a los demás, porque nunca había tenido nada, y vivía de las monedas que recolectaba cada día, tocando timbre (siempre le daban, por miedo o compasión, vaya a saber). Esa misma noche le pegó fuego al carro, y los vecinos miraron las llamas por la ventana. Tenía algo de razón Juancho. Todos habían pensado que era el carrito. Algo de ahí adentro. Algo contagioso que había traído de la villa.

Esa misma noche, mi papá nos juntó en el comedor, para charlar. Dijo que nos teníamos que ir. Que se iban a dar cuenta de que nosotros estábamos inmunizados. Que Mari, la vecina de al lado, algo sospechaba, porque era bastante difícil ocultar el olor de la comida, aunque cocinábamos cuidando de que no saliera el humo o el aroma por debajo de la puerta, con burletes. Que se nos iba a terminar la suerte, que se pudría todo. Mamá estaba de acuerdo. Decía que la habían visto saltando el techo de atrás. No podía asegurarlo, pero había sentido las miradas. Diego también. Contó que una tarde, cuando levantó las persianas, había visto a algunos vecinos salir corriendo, pero que otros lo habían mirado, desafiantes; malos, ya locos. Casi nadie nos veía, por el encierro, pero para seguir disimulando íbamos a tener que salir pronto. Y no estábamos flacos ni demacrados. Estábamos asustados, pero el miedo no se parece a la desesperación.

Escuchamos el plan de papá, que no parecía muy sensato. Mamá contó el suyo, un poco mejor, pero nada del otro mundo. Aceptamos el de Diego: mi hermano siempre podía pensar con más sencillez y más frialdad.

Nos fuimos a la cama, pero ninguno pudo dormir. Después de dar muchas vueltas, toqué la puerta de la habitación de mi hermano. Lo encontré sentado en el piso. Estaba muy pálido, todos estábamos así, por falta de sol. Le pregunté si pensaba que Juancho tenía razón. Dijo que sí con la cabeza.

–Mamá nos salvó. ¿Viste cómo la miró el hombre, antes de irse? Nos salvó.

–Hasta ahora –dije yo.

–Hasta ahora –dijo él.

Esa noche, olimos carne quemada. Mamá estaba en la cocina; nos acercamos para retarla, se había vuelto loca, hacer un bife a la parrilla a esa hora, se iban a dar cuenta. Pero mamá temblaba al lado de la mesada.

–Esa no es carne común –dijo.

Abrimos apenas la persiana y, miramos para arriba. Vimos que el humo llegaba de la terraza de enfrente. Y era negro, y no olía como ningún otro humo conocido.

–Qué viejo villero hijo de puta –dijo mamá, y se puso a llorar.

FIN


***



Mariana Enríquez (Buenos Aires, 6 de diciembre de 1973) es una escritoraperiodista y docente argentina.​ Considerada una de las más destacadas escritoras argentinas contemporáneas y la más relevante dentro del género de terror,[​ forma parte del grupo de escritores conocido como «nueva narrativa argentina»,[ además de haber sido llamada «la reina del terror».​ Su narrativa se enmarca dentro de ese género y ha sido publicada en revistas internacionales como Granta,​ Electric Literature, Asymptote,​ McSweeney's,Virginia Quarterly Review y The New Yorker. Entre sus obras más reconocidas destacan el libro de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego (2016), que la consolidó como escritora,y la novela Nuestra parte de noche (2019), por la que obtuvo el Premio Herralde de Novela.





jueves, 9 de mayo de 2024

Biografía de León/ Hernan Tejerina

PROPUESTA DE CUENTO PARA LEER Y COMENTAR PROXIMA JUNTADA. 


BIOGRAFÍA DE LEÓN

 

León nació un rato antes que sonara el despertador. Al minuto su madre abandonó la maternidad del brazo de su padre y dos minutos después León estaba de punta en blanco en la fila izquierda de los alumnos de primero inferior.

Mientras la bandera trepaba por el mástil, a León le nacieron y cayeron los dientes de leche. Cuando una hora más tarde tocó el timbre del primer recreo, León terminó la primaria.

A las diez de la mañana promediaba el secundario, tenía acné y era más viejo que su hermano mayor. En el instante del que les hablo, pesaba 55 kilos, medía un metro setenta y la memoria lo traicionaba, en ocasiones recodaba su número de identidad y olvidaba el nombre de su escuela, en ocasiones –durante segundos- recordaba unos ojos imprecisos y olvidaba su sexo.

A las once de la mañana León perdió la virginidad y pensó en todo lo que había vivido hasta llegar a esa cama con esa mujer y su vida le agradó.

Un rato antes del mediodía comenzó a estudiar medicina y un rato después se graduó de médico. Recuperada su memoria, festejó su título con compañeros 25 años menos sanguíneos que él. Después, por primera vez, fumó un cigarro, se quedó solo y advirtió el paso del tiempo. Entonces, volvió a su casa.

El barrio había cambiado a lo largo de la mañana, pero León no lo notó, en su recuerdo sobrevivía la casa encalada de rejas negras que abandonó a las ocho menos cuarto para asistir a su primero inferior. Su madre lo abrazó largamente. Su padre había muerto.

Almorzaron. La madre le dio a León su parte de la herencia y León le obsequió su título de médico, enmarcado. Lloraron. Volvieron a abrazarse. Se despidieron.

Después del almuerzo, León entró al quirófano y operó apéndices y próstatas y labios leporinos. Salió del hospital al final de la siesta, con un par de arrugas en la frente y perdidamente enamorado de la enfermera con la que se casó dos minutos después.

A las cinco de la tarde su mujer lo había hecho padre tres veces y León aborrecía los modos y costumbres de su esposa. Al cabo de unos segundos se habían divorciado por incompatibilidad de caracteres. Durante unos instantes, León estuvo eufórico, después se sintió vacío.

A las seis menos cuarto de la tarde, a León se le cayó el primer cabello y a las seis menos diez el último. Por la misma época, uno de sus hijos dejó de quererlo y otros de visitarlo.

Las siete de la tarde encontraron a León gordo, calvo y viejo. En el instante del que les hablo, pesaba 115 kilos, media un metro setenta y cinco y no le resultaba sencillo atar los cordones de sus zapatos.

Anochecía y León continuaba melancólico. Quiso iniciar sus trámites jubilatorios pero las oficinas públicas ya habían cerrado. A las nueve de la noche encendió el segundo cigarro del día, aspiró una bocanada de humo y después otra y otra y cinco minutos después, un cáncer de pulmón acabó con él.

A las diez de la noche comenzaron a velar a León en una funeraria de la calle San Martín. Y a las diez y dos tuvieron que cerrar el féretro de urgencia, porque los retos de León, hinchados, violáceos, se descomponían. Cuatro minutos más tarde, depositaban el ataúd en un nicho municipal sin crucifijos ni nombre. Segundos más tarde nadie lo recordaba.

 

Hernán Tejerina

Del libro “Nueve cuentos naifs y una fabulita reaccionaria”

(no) Editorial




 










sábado, 30 de marzo de 2024

El salon dorado

 



Cuento para leer y comentar en la próxima juntada.

 

El salón dorado (1904)

[Cuento - Texto completo.]

Manuel Mujica Lainez

Hace cinco días que la niña Matildita dejó de existir, y el salón dorado en el cual tan poco lugar ocupaba, trémula con su bordado eterno en el rincón de las vitrinas, parece aun más enorme, como si la ausencia frágil acentuara la soledad de los objetos allí reunidos, allí convocados misteriosamente por ese congreso de la fealdad lujosa que se realiza en las grandes salas viejas. Y sin embargo nada cambió de sitio. Nada ha cambiado en el salón de encabritadas molduras, en el curso de los últimos quince años, desde que a él llevaron el lecho imposible de doña Sabina, todo decorado con pinturas al “Vernis Martin”, y desde que en él se instaló, erguida sobre las almohadas, la anciana señora. Todo está igual: la chimenea de mármoles y bronces; los bronces y mármoles distribuidos sobre mesas y consolas; las porcelanas tontas de las vitrinas; los cortinajes de damasco verde que ciñe la diadema victoriana de las cenefas; y los muebles terribles, invasores, prontos siempre a la traidora zancadilla, que alternan el dorado con el terciopelo y cuyos respaldos y perfiles se ahuecan, se curvan, se encrespan y se enloquecen con la prolijidad de los ornamentos bastardos.

La presencia de la cama ha dejado de inquietar a sus vecinos numerosos. En quince años tuvieron tiempo de habituarse a ella y al hecho de que su incorporación haya transformado al cuarto en algo híbrido, algo que no es totalmente ni sala ni dormitorio. Merced a ese traslado, la sala que solo se abría de tarde en tarde, para las recepciones, alcanzó una existencia de inesperada novedad. En ella, a lo largo de tres lustros, tres personas han convivido: doña Sabina en el lecho distante, como un soberano en su trono; la niña Matildita junto al bastidor, cerca de la chimenea en invierno, cerca de la ventana cuando el calor apretaba; y Ofelia, el ama de llaves, entrando y saliendo, sin acomodar mucho porque la señora no quiere que toquen sus cosas. Y nadie más: en quince años, salvo algunas visitas espaciadas, salvo uno que otro médico, nadie ha entrado en la sala de la calle San Martín. La sordera creciente de doña Sabina terminó por aislarla. Y su carácter también: su carácter autoritario, egoísta, celoso, quejoso. De tal manera que la vida infundida por las tres mujeres al ancho aposento ha sido curiosamente estática, como si ellas también fueran tres muebles extraños sumados a la barroca asamblea.

La niña Matildita bordaba; la señora leía; Ofelia atizaba el fuego, aparecía con el juego de té de plata, corría las cortinas al crepúsculo. La niña Matildita bordaba siempre flores y pájaros sobre unas pañoletas; la señora leía, entre hondos suspiros, novelas que se titulaban Los misterios de la Inquisición o La verdad de un epitafio o La Marquesa de Bellaflor o La virgen de Lima. A veces levantaba los párpados venosos, porque adivinaba a su lado al ama de llaves. Había aprendido a entender lo que le decían, por el movimiento de los labios. Doña Sabina daba una orden. Ella las daba todas. Su sobrina —la niña Matildita— nada podía, nada significaba en el salón. Y así durante un día que se prolongó quince años, desde que la señora sufrió aquel gravísimo ataque que la mantuvo oscilando catorce meses entre la muerte y la vida, hasta que la vida triunfó y, paralizada, sorda, la condujeron al salón cuyas ventanas abren sobre la calle San Martín.

La idea fue del doctor Giménez, el médico joven que entonces la atendía. Puesto que no podría abandonar su aposento, después de tan larga e intensa lucha con la muerte, lo mejor era que pasara sus horas en el cuarto que más quería, aquel en el cual había concentrado más recuerdos. De esa suerte no tendría la impresión de estar encerrada en su alcoba, sino de continuar presidiendo su salón de fiestas. A doña Sabina la idea le gustó. Le gustaba cuanto tendía a rodearla de una aureola de extravagancia, de capricho, de exclusividad. Eso era ella: exclusiva, distinta. Por ello, en vez de ceñir su pelo escaso, que el postizo fue sustituyendo, con una cofia, anudaba a él una especie de turbante de gasa cuyo color cambiaba todos los días.

Los primeros tiempos la ubicaban trabajosamente en un sillón de ruedas, que transportaban al centro del cuarto, pero pronto, por consejo del mismo médico, prescindieron de él. ¿Dónde estaría más cómoda la señora Sabina que en su propia cama, flanqueada de almohadones, de estolas de encaje, de moños, de pañuelos, con los libros al alcance de la mano? A la señora le gustó también eso. Le parecía que cuanto menos la movieran y agitaran, más dueña de su pequeño estado sería, desde el lecho que lo gobernaba por la sola virtud de su diferencia, de su arbitraria intromisión en una sala de recibo; por la circunstancia además —sutilísima— de que solo ella pudiera ocupar, entre tantos muebles, ese mueble intruso, orgulloso, jerárquico. Y únicamente empleaba su sillón de ruedas de mañana, cuando la llevaban a que tomara su baño en el cuarto vecino.

Por último el doctor Giménez insinuó en su ánimo la conveniencia de que para el manejo de su inmensa casa poblada de criados, doña Sabina se valiera del intermedio de su ama de llaves. ¿Para qué iban a molestarla cotidianamente su “maître-d’hotel”, su cocinero, su portero, su servidumbre, si no podía oírles, y eso no haría más que irritar sus nervios: sus nervios que era preciso mimar mucho? La proposición también fue del gusto de la señora. Decididamente, el joven médico la comprendía. Poco a poco, los criados dejaron de presentarse en la sala dorada. En cuanto asomaban, la señora ponía el grito en el cielo: que hablaran con Ofelia, que se entendieran con Ofelia. Ella no los necesitaba en su cuarto; demasiado tenían que hacer en el resto de la casa suntuosa, donde la segunda sala, el “hall”, el comedor y el billar precedían a la serie de dormitorios, llenos todos, como esta habitación, de una fauna y flora inmóvil de muebles, de muebles, de muebles, de alfombras, de tapices, de espejos, de cuadros, de jarrones, de cortinas pestañudas de borlas, de estatuas de gladiadores y de pajes, y de más muebles, de más muebles, como corresponde a la posición de la señora en Buenos Aires. Y ahora la niña Matildita ha muerto. Hace cinco días. La niña Matildita, que era como una ratita gris.

La señora piensa en ella, vagamente, perezosamente, esta mañana de domingo. La cara espesa, el violento perfil borbónico, se destacan entre las blondas y el arabesco de las iniciales, en las almohadas. Toma la novela gorda (Las ruinas de mi convento, de don Fernando Patxot) y se enfrasca en la lectura. Pero no puede leer. A cada instante, la figura de su sobrina se mete en el enredo de los capítulos y anda, con sus ojazos violetas, con su rodete tirante, con sus manos ágiles, en medio de los personajes discurseadores que se esconden en catacumbas para departir sobre temas morales, y que sostienen luchas feroces mientras dobla la campana del monasterio. La niña Matildita, que era como una ratita gris… la niña Matildita, bordando, bordando… ¡hipócrita!

Hay algo que doña Sabina no le ha perdonado y es el asunto con el doctor Giménez: el “affaire”, como lo llamó entonces, empinando la voz de tiple.

Sucedió casi en seguida después de que la alojaron en la sala dorada. Durante los catorce meses anteriores —esos en que pareció que iba a abandonar este mundo— la señora vivió en un estado de semiinconsciencia, ignorante de lo que pasaba a su alrededor. Con la mejoría recobró la lucidez, y doña Sabina empezó a ver claro: entre la niña Matildita y el doctor “algo” había; algo todavía indefinible, pero algo al fin. Cuando el médico entraba, la anciana espiaba a su sobrina y la veía bajar los párpados sobre el bastidor, como si rehuyera la mirada de Giménez, que era joven y elástico y usaba una levita impecable. El médico alargaba las visitas con pretextos. Al comienzo doña Sabina creyó que lo hacía porque sus cuentos le interesaban. Había sido famosa en los salones porteños por el arte de narrar. Así que desplegó ante él sus fuegos de artificio, sus antiguos relatos que recamaba con ademanes y exclamaciones: el cuento de cuando conoció a la Emperatriz Eugenia en París, durante la Exposición Universal del ‘67 (“aquí, solo Carlota Romero ha tenido unos hombros como los suyos”); el cuento del asesinato de Felicitas Guerrero de Álzaga, en 1872; el del casamiento de Fabián Gómez con la Gavotti, en 1869. Sobre Fabián Gómez poseía detalles inauditos, por su vínculo con los Anchorena y los Malaver. Al recordarlo, erguía como un fabuloso castillo la enumeración de las propiedades de doña Estanislada y luego se arrojaba a referir aventuras del Conde del Castaño, sobre todo aquella de la comida en que una “cocotte” célebre, Cora Pearl (la señora apagaba la voz) surgió desnuda del interior de un pastel de hojaldre.

Un día en que por segunda vez recitaba el episodio para el doctor Giménez, sorprendió en un espejo la mirada de inteligencia cambiada entre el médico y su sobrina. Sintió de inmediato como si se le helara el corazón, y sus celos, impetuosos, se erizaron mientras proseguía las descripciones (“Fabián tuvo que regalarle un collar de perlas de ocho hilos para decidirla a hacerlo”). Rió el doctor y doña Sabina adivinó en sus labios las palabras amables, pero se había roto el sortilegio. Le habían producido la llaga peor: la herida en plena coquetería. En cuanto el doctor Giménez salió del cuarto, declaró que estaba harta de ese médico y que quería ensayar otro. Inútiles fueron las observaciones de la niña Matildita (“esa falsa”) y de Ofelia (“esa estúpida”). Se negó a atenderlas y se hundió en su libro respirando pesadamente. Más tarde hizo una escena atroz a su sobrina con un motivo fútil y Giménez ya no regresó a la casa de la calle San Martín.

La niña Matildita… la niña Matildita… siempre en su rincón, bordando, bordando… ¡farsante! Seguramente calculaba que algún día la podría heredar, y que esa casa y los coches y la fortuna le pertenecerían. Y ahora ha muerto… ha muerto la ratita gris…

¡Ah! Mejor es no pensar en cosas tristes, en el desagradecimiento, en el cálculo, en la incomprensión… Hoy es domingo. La señora tomará su baño caliente y, de nuevo en la cama, rezará su misa. Después reanudará la lectura truculenta de Patxot, que obra como un narcótico, porque de lo contrario se obsesionará y terminará por ver al pequeño fantasma de su sobrina junto al solitario bastidor, bordando, bordando…

Ofelia la alza en sus brazos robustos y la lleva al baño en el sillón de ruedas.

Ofelia… Ahora quedarán frente a frente, hasta el fin… Pero así la lucha será más equilibrada. Antes eran dos contra una: dos conspiradoras, frente a la señora rica, sorda, tullida.

Ofelia, con su masculina brusquedad… taciturna, severa… Debió librarse de ella hace muchos años. A esta altura es imposible. Pero quizás ahora convenga que alguien más entre en el salón dorado, porque si no concluirá por perder la razón y por gritar entre sus muebles indiferentes y pomposos. Quizás sería bueno abrir las puertas a esos criados que sirven en su casa hace tantos años y a algunos de los cuales no conoce. Mientras lo imagina, su vanidad se inflama con la pasión del papel altivo que representa desde que enfermó. No: la señora Sabina no ve a nadie, a nadie. No hay en Buenos Aires nadie tan original, tan exclusivo como la señora Sabina.

¿Qué comentarán en Buenos Aires? ¿Qué dirán de la señora excéntrica de la calle San Martín, amurallada detrás de sus estatuas, de sus canapés, de sus “marquises”, de sus armarios?

Ofelia… Ofelia… Ofelia es como un hombre. A ninguno se le ocurriría pensar en ella como mujer. ¡Y cuánto quiso a la niña Matildita! Eso también lo adivinó la señora. Todo tenía que adivinarlo, porque vivían ocultándole, fingiéndole. Tal vez la quiso demasiado… tal vez demasiado… ¡vaya una a saber!… pero ahora la ratita gris ha muerto…

Ofelia le frota suavemente la espalda con el perfume finísimo, le viste el batón, la empolva, le retoca el turbante transparente, la deposita en el sillón de ruedas. Muy despacio, vuelven a la sala. Doña Sabina la abarca con sus ojos protuberantes. ¡Ah, ella no oirá nada, pero ve muy bien, ve hasta el último pormenor, hasta el objeto más mínimo de sus vitrinas repletas! ¡Qué hermoso es el salón dorado, el salón de las grandes recepciones! Mansilla le dijo en ese mismo cuarto que en Buenos Aires no existe un salón tan europeo.

En el fondo del aposento, entre el retrato de su padre, el general, y el de su madre, con el peinetón airoso, las puertas de roble han sido abiertas de par en par.

—¿Qué es esto? —interroga asombrada—. ¿Quién dio orden de abrir?

Gira el rostro buscando el dibujo de la respuesta en los labios del ama de llaves, pero la cara rígida sigue impasible. Ofelia empuja la silla hacia el medio del salón, sorteando las mesas colmadas de abanicos y de grupos de porcelana de Sajonia. Doña Sabina tuerce la carota de infanta vieja y agita las manos en las que los anillos se posan como escarabajos verdes y azules.

—¿Ha perdido el juicio? ¿Adónde me lleva?

Ofelia hace rodar la silla. Van hacia las puertas de roble, hacia el “hall” estilo Francisco I, al que ilumina una claraboya por cuyos vidrios multicolores pasean diosas coronadas de laurel.

La señora se debate, indignada, pero comprende que si quiere conservar por lo menos la ficción del mando, lo más cuerdo será callar. Así que, saltándosele los ojos, declara:

—Tiene razón. Ya es tiempo de que vea cómo anda mi casa.

Y en verdad, siente una súbita nostalgia de su casa inmensa, que no recorre hace quince años, y en cuyo corazón permaneció enclaustrada como una absurda Bella Durmiente protegida por una selva de muebles y tapices.

—Tiene razón, Ofelia. Me parece que…

Su voz se quiebra porque han salido al “hall” y no lo reconoce.

En lugar de la luz enjoyada que proyectaban las mitologías de la claraboya, una triste penumbra se aprieta en los ángulos y flota en el aire. Instintivamente, mira hacia arriba: largas manchas negras oscurecen el “vitrail”. Sus ojos se habitúan poco a poco a la tiniebla.

—¿Y la araña? —grita—. ¿Y los cofres?

Porque la araña colosal, en cuyos bronces reían los faunos, no pende ya del techo, y los cofres tallados no se alinean contra el damasco rojo de las paredes. Dona Sabina da rienda suelta a sus nervios. Sus uñas cuidadas se crispan en los brazos del sillón.

—¿Dónde están, Ofelia, dónde está todo? ¿Dónde están los cuadros?

Los cuadros superponían sus marcos esculpidos hasta el cielo raso. Uno representaba a Napoleón premiando a un granadero de su guardia; otro representaba el interior de un taller donde la modelo púdica se entibiaba junto al fuego; otro mostraba a un prelado conversando con una marquesa; otro… otro… Pero no hay ninguno. No hay nada: ni cuadros, ni muebles, ni araña, ni tapices. Solo una mesa redonda y algunas sillas desterradas dan más relieve a la amplitud desnuda de la habitación.

La anciana impotente escruta la fisonomía de Ofelia.

—¿Dónde está todo, ladrona? ¿Dónde están los mucamos? ¡Llame a los mucamos!

Levanta la voz:

—¡A ver! ¡Alguien, alguien! ¡Vengan!

Y entre tanto, la silla rueda lentamente. El ama de llaves la detiene delante de la puerta que da al comedor. En su panel central hay clavado un cartel: “Bruno Digiorgio, sastre”.

Entran allí. Los cortes de género se apilan sobre un mostrador; los maniquíes rodean a la estufa, encima de la cual permanece, como un testigo irónico, el lienzo pintado de la “Carrera de Atalanta” que imita un gobelino. Aquí hay más luz. Doña Sabina advierte que los labios de Ofelia se mueven y descifra sus palabras:

—Se empezó a vender todo hace quince años, cuando usted estuvo muy enferma. En aquel tiempo comenzó la ruina.

—¿Cómo, la ruina? ¿Qué ruina?

La señora se mesa el pelo postizo y desordena el turbante. Están de nuevo en el “hall”. En la puerta del billar, otro rótulo anuncia: “Valentín Fernández y Cía. Remates y comisiones”, y el de la segunda sala dice: “Azcona. Compostura de objetos artísticos”. Y así, las inscripciones se multiplican de habitación en habitación. Al pie de la escalera, cuyo arranque enaltecía un trovador de mármol, desaparecido como el resto de los objetos y los muebles, se amontonan los letreros y las flechas que señalan hacia arriba: “Mlle. Saintonge, sombrerera”, “Carmen Torres, flores artificiales”, “Gutiérrez y Morandi, fotógrafos”, y otro rematador y un pintor y “El Bordado Francés” y “Loperena, fabricante de violines”.

Un tic estremece a doña Sabina.

—La niña Matildita —recalca Ofelia, imperturbable— trabajaba para “El Bordado Francés”. Gracias a ella y al alquiler de los cuartos, usted pudo seguir viviendo en la casa.

—Pero…, ¿con qué derecho…? ¿Cómo no se me previno…? ¿Con qué derecho…?

—Los médicos aseguraron que sería fatal que usted se enterara. Y a medida que pasaba el tiempo las cosas se ponían peor. El mal venía de lejos, del tiempo de su hermano. Usted había gastado mucho. Las hipotecas… la administración…

—¡Había que decírmelo!

—Yo insistí cien veces para que se lo dijeran, pero no hubo nada que hacer. La niña Matildita se opuso.

—¡Esa entrometida audaz, resolviendo!

Ofelia recorta los vocablos y las muecas le tironean los rasgos hombrunos:

—La niña Matildita fue una santa. Cuando el doctor Giménez quiso casarse con ella, lo rechazó para no dejarla a usted.

La señora ahoga un suspiro. Sus viejos celos están ahí, verdes, vibrantes, tan fuertes como el desconcierto que la sobrecoge.

Regresan a través del “hall” sórdido. En un extremo, el salón dorado brilla, palaciego; más acá están la neblina, la impureza, la destrucción, los damascos moteados por la humedad, los cristales sucios, la soledad dominguera de esa casa que el lunes se llenará de extraños, sus dueños.

Doña Sabina no quita los ojos de los labios de Ofelia, de la cara de Medusa de Ofelia.

—La niña Matildita fue una santa. Vivió para usted, para que usted no sufriera.

Y Ofelia rompe a llorar, con un llanto grotesco, un llanto de hombre desesperado.

El salón de fiestas, con la cama de “Vernis Martin” al fondo, hace pensar en una nave magnífica, una galera a la que la tormenta obligó a anclar en un puerto de brumas, habitado por gentes miserables, rapaces, hostiles.

¡Cómo fulgen las porcelanas en las vitrinas, la ronda delicada de pastores y músicos! ¡Cómo fulgen los espejos y la alfombra de Aubusson y las sillas y las lámparas, que indican el camino hacia el lecho cubierto de pieles y encajes, hacia la novela de don Fernando Patxot y los perfumes mezclados en la mesa de luz!

Pero la señora no aparta su mirada de la boca de Ofelia. No ve el salón dorado, donde la chimenea canta dulcemente. No ve nada más que la boca de Ofelia.

—Yo me voy, señora Sabina. Tengo que anunciarle que me voy. Me voy ahora mismo. Ya tengo todo arreglado.

—¿Se va? ¿Usted se va? ¿Está loca?

—Sí, señora Sabina, me voy. Yo no soy una santa. La niña Matildita era una santa. Ella vivió para usted, para su egoísmo. Yo no podría. No quiero hacerlo.

El ama de llaves le da la espalda. Se aleja. Y la señora sorda se pone a gritar, a gritar, y su voz de tiple cruza el salón dorado y vuela por las habitaciones vacías, entre los maniquíes enhiestos de Bruno Digiorgio, entre los sombreros espectaculares como fruteras, entre las máquinas de fotografiar y las horribles flores artificiales, entre las diosas de vidrio y los violines que duermen. El lunes la casa se llenará de enemigos. Deberá aguardar al lunes, sola en el salón de oro que los cuartos acechan, como animales grises y negros, como lobos y hienas alrededor de una gran fogata.

*FIN*

Misteriosa Buenos Aires, 1950

 

 

 

 

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