"El último lector"de Ricardo Piglia
El concepto de “el último lector”, que da el título a este ensayo, debe tomarse en sentido metafórico; encarna personajes con sus modos de leer; relaciona biografías con contenidos ficticios
y reales; analiza
los efectos de la lectura
en compor tamientos de héroes y heroínas reales y ficticios. Es,en síntesis, una teoría de la lectura.
El argentino Ricardo Piglia, escritor de
trayectoria y en la actualidad
profesor de literatura de Princeton
University, es el autor de El último lector, ensayo que éste declara autobiográfico y cuyo eje es, valga la redundancia, el hábito de leer, la adición a la lectura.
El último lector, en términos conceptuales, es una creación
arbitraria, una figura metafórica, personalizada, múltiple y polifacética, en cuya lista de protagonistas se encuentra el mismo Ricardo Piglia, y su vida como lector. La obra recopila modos de leer que pueblan su memoria,
su imaginación, y la de aquellos escritores que
se han cruzado en su vida.
No escapa al autor una clasificación de los lectores; los hay puros, para quienes la lectura no es sólo una práctica, sino una forma de vida. Existen
los que leen mal, los que distorsionan o perciben confusamente, porque en la clínica del arte de leer, no siempre el que tiene mejor vista lee mejor. Basta ilustrar este ejemplo
con Borges y Milton que han quemado sus ojos a la luz de la lámpara:
“Soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven”, declara
Borges. ¿Cómo le llegan
los libros al que lee?.
Pregunta el autor: comprados,
encontrados, robados, prestados,
heredados… Si el narrador es el que transmite
el sentido de lo vivido, el lector es el que
busca el sentido de la experiencia perdida, concluye Piglia.
Leer es también el arte de la perspectiva y del espacio, porque para Piglia no sólo los pintores se ocupan
de esas cosas. El autor trabaja con casos específicos, historias
particulares que plasman
escenarios, episodios y toda clase de mundos posibles.
El último lector es más bien una
historia imaginaria de los lectores y
no una historia de la lectura. No se pregunta tanto qué es leer,
sino quién es el que lee, dónde está leyendo, para qué, en qué condiciones, cuál es su historia. El
profesor de Princeton hace alusión a
una sociedad de lectores amenazada
muchas veces con la extinción. En su libro
los descubre, los nombra, los individualiza,
cuenta pedazos de su historia, los hace visibles
en un contexto preciso, los
integra en una narración particular.
En esa lista figura Hamlet.
Después del encuentro crucial con el fantasma de su
padre, Hamlet entra con un libro en la mano. ¿Está leyendo, o está
fingiendo leer? No se sabe qué libro lee. Cuando Polonio le pregunta qué está leyendo, la respuesta es: palabras, palabras,
palabras. Lo que importa es el acto de leer.
Un autor muy individualizado es Kafka en su relación
con Felice Bauer. Su encuentro
con ella en la casa de Max Brod, su editor, lo lleva a preguntarse:
“¿Será cierto que uno puede atar a una muchacha con la escritura?” Kafka la convierte en una lectora, en sentido puro, leyendo
y copiando sus manuscritos y, a su vez, sostienen una
correspondencia de unas trescientas cartas –dos, tres y hasta cuatro al día– y éstas dan razón de los procesos de la
escritura de Kafka , no así de los de Felice. Sus cartas se perdieron.
Otra “mujer copista”, capturada por otro escritor famoso, es Sofía Tolstoi, quien
copia a máquina siete versiones de La guerra y la paz, al final pensaba que la novela era de ella y comenzó
la guerra conyugal.
Una de las mayores representaciones modernas de la
figura del lector es la del detective privado del género policial; el papel del detective Dupin, singularizado por Piglia,
es el que sabe leer,
el que sabe ver lo que nadie ve, el que sabe leer lo que es necesario interpretar.
El Che Guevara encarna, de manera especial, la metáfora de el último lector. Mientras el resto de la cuadrilla guerrillera carga comida en su morral, el Che soporta el peso de sus libros. Su vida está regida por las experiencias que ha leído y que busca asimilar y repetir. “ Mis dos debilidades fundamentales son el tabaco y la lectura”. Antes de ser asesinado, el Che pasa la noche en la escuelita de La Higuera. Le señala a la maestra una frase que está escrita en la pizarra y le dice que tiene un error, le falta el acento: la frase es “Yo sé leer”.
Anna Karenina hace parte
del elenco seleccionado por Piglia para destacar
la figura del último lector, en este contexto, bajo un aspecto
diferente. Anna aparece
en el capítulo 29 de la obra leyendo una novela inglesa
en un tren y es una manifestación del contexto histórico que destaca a las mujeres
como protagonistas del consumo narrativo.
En el elenco no podría faltar Madame Bovary; estas dos novelas sacan del anonimato la figura
de las mujeres que leen. Tanto Anna como Emma leen una serie de acontecimientos y quieren vivirlos. En esa lectura irreal pero novelesca está el paso al bovarismo: querer ser otro, querer ser lo que son los héroes de las novelas. Otra forma de bovarismo, la mujer
debe hacer lo que lee. Anna y Emma tienen
un vacío y encuentran otra vida posible
en la infidelidad. La experiencia personal vivida por ambas heroínas es para ellas la corroboración de esos mundos posibles. Tensión y realidad, apariencia y sentido son, en síntesis, el contenido
de las novelas, ejemplos de bovarismo, la vida posible
que se pretende alcanzar. Lo que Emma lee le permite vivir
una vida paralela, se mueve en los límites del mapa de París. Su mundo es la lectura desde su vida provincial, no tiene otra cosa que hacer.
En el caso Robinson Crusoe, la novela de Defoe, siempre hay una isla donde sobrevive algún lector, como si la sociedad no existiera. Un territorio en el que alguien
reconstruye el mundo perdido a partir de la lectura
de un libro. En otras palabras, la creencia en lo que está escrito en un libro
permite sostener y reconstruir lo
real que se ha perdido. Es el escenario que presenta Robinson Crusoe. Solo, en la isla, lee la Biblia, abre el libro al azar y se encuentra con las siguientes palabras: “Invócame en el día
de la angustia y te libraré
y tú me darás gloria”.
Lo que lee le está personalmente dirigido, le da sentido a su experiencia. Se trata de una conversión. Una conver- sión por la lectura, que le permite sobrevivir y salvarse. En
Robinson, la fe asegura el sentido. Si el bovarismo es la tendencia a verse en la lectura
como otro del que se es, Robinson hace lo
contrario, descubre quién
es él al leer la Biblia.
El autor argentino, de manera implícita, desarrolla una verdadera teoría de la lectura. Un lector auténtico es el que encuentra el sentido en un libro pero, en este caso, la metáfora de El último lector debe marchar en íntima conexión con el escritor capaz de conferir un verdadero sentido a su obra.
Nelly Vélez Sierra



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